martes, 27 de diciembre de 2016

ERNESTO SÁBATO EN SU JARDÍN OSCURO
por Andrés G. Muglia


Está claro que el gusto se educa, crece, muta como un organismo vivo que busca su plenitud. No nos gustará lo mismo en la niñez que en la adolescencia o en la edad adulta. El sabor amargo de la cerveza, que rechazamos en la infancia, será la preocupación de muchos a partir de la juventud. Lo mismo ocurre con los gustos literarios. El lector aprende que nunca debe rechazar de plano a ningún autor, sino dejarlo a un lado de su camino edificado en papel y tinta. Quizás, en otra vuelta de su viaje llegue de nuevo a ese autor y descubra con asombro un tesoro que había rechazado en otro momento de su vida. 

Esto mismo me ha pasado con Ernesto Sábato. Accedí a él en la adolescencia, cuando todo libro que cae en nuestras manos es leído con una cierta compulsión, una búsqueda de la empatía profunda o el rechazo más riguroso. Por lo segundo me decanté en esa época, cuando Sobre héroes y tumbas me pareció un libro pretencioso, con personajes laboriosa y torpemente construidos, con una propensión a dejar al lector sumido en el aburrimiento más aburrido. No entendí, evidentemente, la filosofía profunda que encerraba aquel libro; el modo en que reflejaba las preocupaciones de un autor torturado y, como él mismo definiría en sus ensayos, problemático.

Más tarde leí El túnel, un libro que vino a confirmar esa sensación juvenil en la adultez. A pesar de corto, porque es más un cuento largo que una novela breve, El túnel revivió aquella sensación de estar leyendo algo a contrapelo de nuestros deseos de abandonarlo. De pelear todo el tiempo con ese latente fantasma del aburrimiento.

Pero la madurez de un lector no es, como podría pensarse, un hecho progresivo. El resultado de un sedimento que el tiempo y las lecturas van formando. Me imagino más ese crecimiento al modo en que los bebés se convierten en nenes o nenas: cuando por fin caminan. Me he asombrado viendo que ese acontecimiento, lejos de ser un fenómeno paulatino, sucede de un día para el otro, como si un esforzado ser de la cavernas hubiese estado observando por mucho tiempo un martillo, tratando de comprender para que sirve, y de golpe se diera cuenta (¡Eureka!) y comenzara a golpear con ansiedad todo lo pasible de ser martillado. Encuentro en el crecimiento como lector esta suerte de tirones hacia adelante, de revelaciones de nuevos sentidos que solamente ciertos autores y ciertas obras pueden fomentar. Estoy pensando en Kafka, en Schopenhauer, en Apollinaire, en Alberti, en Rimbaud. El mundo revelado ante una luz, o una sombra, nueva.

Curioseando en una biblioteca ajena, costumbre obsesiva e inherente a todo lector que se precie de tal; encontré un volumen ajado de Sobre héroes y tumbas. Como es conocido (por este blog) mi gusto por los viejos volúmenes que remiten a las bibliotecas de mi infancia (ese gusto no ha variado) me impulsó a tomar aquel libro y pedirlo prestado. Hubo, entiendo, en ese gesto una especie de empecinada soberbia del orden de: "no puedo ser tan bruto de rechazar un autor tan elogiado por la fuentes más acreditadas", o algo así. Lo cierto es que, dispuesto a reincidir en mis juicios previos, me encaminé a mi hogar con el polvoriento libro bajo el brazo. Tal vez hubo alguna preparación para lo que luego ocurriría, pues ese mismo verano me atareaba en leer a Schopenhauer, mi filósofo de cabecera, un célebre pesimista con respecto a las cosas de este (y el otro) mundo, que bien podría emparentarse con Sábato. Lo cierto es que desembarqué en esa novela como quien llega a un pálido puerto de paso cuyo nombre olvidará al partir, y me encontré de pronto en un paraíso exuberante e inesperado. Un paraíso oscuro, como debe ser la selva profunda, aquella cuyas hojas impiden que el sol toque la superficie rica en humus, hongos, detritus y toda clase de alimañas que se meten por debajo de la bocamanga del paseante.

En una entrevista televisiva realizada a Sábato en el año 1976, en el programa español A fondo, aquel cuya extensión podía llegar a exasperar a personalidades como Roman Polansky que se amotinó en plena emisión; Sábato se explayó, como permitía y estimulaba el mismo entrevistador, en una suerte de defensa (aunque el sustantivo es en cierto modo ampuloso) de su literatura, y en particular de sus novelas. Decía:

"Yo me he propuesto cosas grandes… Si yo tengo un pequeño jardín se me puede exigir, casi se me debe exigir, que el jardín sea perfecto. Que sea limpio, que sea ordenado, que esté bien dispuesto. Pero si yo me propongo el Mato Grosso… es otra cosa. El Mato Grosso tiene fieras, pantanos, mosquitos. Alimañas de toda clase, sabandijas de toda índole. No le pidan eso al Mato Grosso. Yo me he propuesto el Mato Grosso, que lo haya logrado… no se. Pantanos hay muchos, de eso estoy seguro." (1)

En fin, que todas mis esforzadas metáforas sobre jardines y selvas no son más que una idea del propio Sábato: ¡touche originalidad! Como sea, elíptica o directamente, Sábato mismo da un porqué a sus tortuosos textos. Pero sino por propia confesión, podemos encontrar algo tortuoso (pero consecuente con sus ideas hasta el fin) en el propio camino de Sábato como ser humano: su vida. Sábato es un ejemplo de renunciamiento. Alguien que, alcanzado un objetivo que se ha propuesto, lo abandona con la misma pasión que lo motivó a perseguirlo. Secretario General de la Federación Juvenil Comunista de Argentina, renuncia repentinamente a ese cargo, mientras se dirigía a un congreso en Bruselas. En charla con un camarada Sábato se da cuenta, casi con miedo, que el lugar hacia donde se dirigía el comunismo, cuya referencia más marcada era la Rusia de Stalin, no era el que él ¿idealizaba? Esa misma noche huye hacia París. Del mismo modo, renuncia a un promisorio futuro como científico (Sábato trabajó en el laboratorio del mítico matrimonio Curie) cuando advierte que la literatura que persigue es incompatible con el universo del saber científico. Las matemáticas, refiere, fueron un refugio en su juventud, cuando buscaba respuestas a un mundo caótico, desordenado, hostil; que se refleja después en sus libros. Con cierta solapada jactancia Sábato comenta en entrevistas y hasta en su libro Abbadón el exterminador, que aquella renuncia insólita para sus compañeros de disciplina le valió que el propio Bernardo Houssay, premio Nobel de Medicina, le retirara el saludo.

Buscándose a sí mismo (¿consiguió encontrarse alguna vez?) Sábato se aisló de aquel mundo, en un rancho sin luz ni agua corriente de las sierras de Córdoba. Allí, en la compañía de su imprescindible Matilde y su hijo pequeño, escribió su ensayo Yo y el universo, y decidió que el futuro que edificaría sería no a través de la ciencia, sino de los dudosos ladrillos del arte y la literatura. Poco ha sido lo que ha llegado de ella hasta nosotros, al menos en el terreno de la novela; terreno que según declaraciones del propio Sábato era al que él más jerarquizaba por sobre, por ejemplo, su labor como ensayista. Como un escritor lejano en los tiempos, que ha ido extraviando sus obras en catástrofes cíclicas o en incendios a manos de obtusos conquistadores, el propio Sábato, autocrítico y exigente como su admirado Kafka, echó al fuego muchas de sus obras que, por demasiado imperfectas, no consideraba llenaran sus ambiciones. Matilde nos hizo el favor de rescatar de las llamas Sobre héroes y tumbas (¿cuántas veces lo habrá rescatado al propio Sábato?), destino que ya le preparaba el escritor, que con humor se declaró algunas vez pirómano de su propia literatura. Sólo tres novelas han llegado hasta nosotros de esta especie de holocausto que el propio Sábato llevó a cabo. 

Gracias Matilde por recuperar esos oscuros y amargos frutos del incendio, frutos que supe degustar cuando no ya ellos, sino yo, estuve maduro para hacerlo.



1- Ernesto Sábato entrevistado en el programa "A Fondo". España, 1976.

jueves, 11 de septiembre de 2014

GENTE SIN TIEMPO
por Andrés G. Muglia


Uno no puede escapar a caer, de vez en cuando, en lugares comunes. Aunque se quiera ser todo el tiempo original, aunque reneguemos de las repeticiones y las copias, aunque vociferemos nuestra condición de libres pensadores.

En ese sentido, cuando pienso en la imagen de alguien que lee imagino a un tipo cuarentón, sentado en un sillón de orejas color verde, con una luz puntual enfocada en su libro (puede ser una lámpara de pie o un velador sobre una mesita). A su alrededor hay una biblioteca de esas de piso a techo, mucha madera barnizada y por ahí también algún whiscacho en la mesita y una pipa.

Cuando me viene esa imagen a la mente pienso que yo, que si puedo reivindicarme de algo, humildemente, puedo hacerlo de lector (lector diletante pero lector al fin), jamás he leído un libro en esas condiciones. Lo he hecho en la cama, en el baño, en la cola del banco, en el colectivo y en el tren, en una pizzería, de parado en una librería, sentado en el suelo, en un altillo lejano en Bahía Blanca; pero nunca de ese modo. Como sea, esa imagen que tengo metida en la cabeza, quién sabe a través de qué nefastos mecanismos, es la de un lector reposado, que paladea la literatura en un ámbito ideal para el disfrute, un burgués que sabe apreciar la cultura y que está leyendo seguramente algún artículo de la Enciclopedia Británica.

Charles Bukowsky decía (escribía) acerca del acto creativo:

"vas a crear trabajando
16 horas por día en una mina de carbón
o
vas a crear en una piecita con 3 chicos
mientras estas
desocupado,
vas a crear aunque te falte parte de tu mente y de
tu cuerpo,
vas a crear ciego
mutilado
loco,
vas a crear con un gato trepando por tu
espalda mientras
la ciudad entera tiembla en terremotos, bombardeos,
inundaciones y fuego".

Yo creo que tranquilamente podría tomarse este poema con aquellas mismas tijeras con que Tzara creaba los suyos recortando frases de revistas y libros (¡vamos si nosotros también lo hicimos por consejo de él!) (por supuesto no resultó igual); tomar esas mismas tijeras decía y sustituir la frase "vas a crear" por "vas a leer", y la cosa funcionaría igual de bien.

No hace falta que el contexto nos apoye para zambullirnos en la lectura. Por el contrario considero que los contextos más atroces (la silla dura al lado de una cama de hospital, la celda de una cárcel) son el mejor lugar para conectarse con algo impreso. Si uno quiere leer va a leer. Si no tiene tiempo lo va a buscar (se lo quitará al sueño, al amor, a la familia) si no tiene lugar lo va a buscar (escondido en el baño del laburo, con una linterna adentro del auto en el estacionamiento del supermercado). Leer es mucho más que mirar televisión o ir al cine, es un compromiso con uno mismo, con algo que sabemos superior a cualquier entretenimiento, a pesar de que también y paradójicamente es el mejor entretenimiento.

¿Entonces a qué viene esta profusión de sitios de Internet, revistas digitales, concursos y certámenes de "microrrelatos"? ¿Qué es un microrrelato? ¿Un cuento muy corto digamos? ¿Algo como esas maravillas de un párrafo o dos incluidas en Historia de Cronopios y de Famas? ¿La condensación de una genialidad concentrada hasta sus últimas consecuencias? ¿Una especie de haiku de la prosa? Y ya que vamos de preguntones. ¿Qué por Dios es un haiku? ¿Un poemita? ¿Un poemi? ¿Un poe? ¿Un p?

A veces me parece que esta proliferación del microrrelato está generada por esta vida ¿moderna? ¿posmoderna? ¿post-posmoderna? que nos hemos construido. Sí, todos la construimos, porque nadie vende algo sin uno que lo compre. Que el microrrelato no es más que la consecuencia de la vorágine del que no tiene tiempo de leer, y en lugar de un capítulo o dos de una novela, consume a los apurones un par de microrrelatos en el teléfono mientras viaja en subte.

Vamos a decirlo de una vez por todas: si no tiene tiempo de leer, hágaselo. Si no se lo puede hacer, entonces usted no quería leer.

Siempre ando medio perdido de la novedad pero no he visto ningún libro de microrrelatos vendiéndose en una librería. ¿El papel impreso atrasa tanto o es que este nuevo género que llena blogs y revistas virtuales no es más que el esfuerzo de quienes como "no tienen tiempo de leer" tampoco tienen "tiempo de escribir"?

Lo mismo para los cuentos y los concursos de cuentos. Busque usted un concurso que permita más de cinco páginas a doble espacio (lo que le da un cuento corto corto corto) y se llevará la palma de Cannes. Yo por mi parte tengo que echar mano a la misma tijera de Tzara para colar alguno de los míos en un certamen porque tengo la maldita costumbre de ser de tiro largo para escribir. Y algunos de treinta o más paginitas seguirán durmiendo en sus carpetas sin que les den siquiera oportunidad de, como Manet, jactarse de rechazados. ¿Los jurados no tendrán ganas de leer tanto?

En fin, ahora la literatura, además de fácil de leer (¿no se enteró? revise los consejos para escritores que pululan en la Web) tiene que ser breve. Por suerte a Kafka, Joyce, Faulkner, Mann, Marechal, Sábato y otras decenas de escritores de tiro largo o prosa compleja no se les ocurrió nacer en el siglo XXI, porque no hubiesen publicado ni jota.

lunes, 10 de marzo de 2014

CONCURSOS
por Andrés G. Muglia














Todo escritor o artista en ciernes pasa fatalmente por la experiencia de concursar en algún certamen. No hay otro modo, y si lo hay que me acerquen la sugerencia inmediatamente, de hacerse conocido, de exponer en alguna galería en el caso de pintor, de publicar en el caso de escritor. O sí, si hay otra forma, pagar la edición (y ver después cómo se distribuye ese libro) o pagar a las galerías para que te expongan. Si no, si uno no tiene un mango, ahí vamos con nuestras cándidas esperanzas en forma de obras, a que tipos que no conocemos más que por una biografía de Google (con suerte) levanten o bajen el pulgar ante nuestra palpitante creación (que es como un riñón o un pulmón o un hijo nuestro). No hay otra.

Uno piensa que esto es injusto. ¿Cómo va a competir una obra de arte con otra? Un libro no es un auto de carreras, ni un corredor de cien metros: más rápido que los demás, ganador. Así de fácil. ¿Bajo qué criterios se juzga si una obra es mejor que otra? ¿Estilo? ¿Tema? ¿Técnica? ¿Gusto del jurado? Desde el vamos todo esto es difuso. ¿Dónde está la regla que dice que el Ulises de Joyce es mejor o peor que Sobre Héroes y Tumbas? ¿A alguien se le ocurriría ponerse a comparar eso? ¿Por qué hacerlo entonces con otras obras? ¿Por menores? ¿Porque deben someterse al escrutinio de los sabios para poder entrar al parnaso de las letras impresas? Todo es muy extraño y demanda que quien ha escrito una novela (por poner un ejemplo), y les puedo asegurar que compararía el quebradero de cabeza que eso exige (estamos hablando a veces de varios años de trabajo) con el trabajo físico más intenso y sostenido, confíe blandamente y con candidez el fruto de tanto esfuerzo a una maquinaria que desconoce y de la que sospecha. Porque vamos, el mundo de hoy no esta fundado en la libertad, la igualdad y la fraternidad; sino en la desconfianza que nos hace pensar que en todo momento y bajo cualquier circunstancia estamos ante el riesgo de que nos caguen.

Para colmo, esta paranoia que no voy a ser tan zonzo de limitar al ámbito vernáculo con la siempre derechosa sentencia de "mucho más en este país", se confirma a veces con un dato de la realidad tan concreto y demoledor como el que incluyó a un afamado concurso, a la novela Plata quemada, a su autor Ricardo Piglia y a un valiente escritor llamado Gustavo Nielsen que denunció fraude, y al que pasado los años un lento proceso judicial le dio toda la razón.

Pero. Y entonces. ¿Para qué seguir gastando pólvora en chimangos? ¿Para no perder la ilusión? Hay un hecho, particular y personal, que convalida que siga participando en concursos. Alguna vez, lo digo casi con vergüenza, gané alguna mención y hasta un premio. Eludo la jactancia para narrarlo brevemente, y como para echar un poco más de luz a este tema espinoso.

Cuando era pintor, o quería ser pintor, mandaba, dentro de mis posibilidades (flete carísimo) cuadros a concursos. Una vez obtuve una mención por un cuadro mediocre con un título pomposo, se llamaba "De la serie Música para Mirar, La luna que se quema adentro tuyo" Tomá mate. Siempre tuve la sospecha de que la mención del jurado la obtuve por el título y no por el cuadro, que la verdad no era gran cosa. Aunque siguiendo esa lógica titulística el díptico que una vez envié a un certamen provincial de grabado, titulado "Intercambio de miradas entre Rosamel Araya y una mosca" tendría que haber ganado el premio nacional; pero apenas lo colgaron en un recodo alejado de la muestra, cerca de la puerta del baño.

Pero una vez, si señores, una vez, obtuve un premio y me dieron PLATA. Exacto. PLATA. Creí que por fin había llegado. Sin embargo el premio tuvo un sabor agridulce. Primero, porque el cuadro realmente me gustaba, y lo peor, estaba colgado en el living de casa y le gustaba a mi mujer; digamos que era de ella. Lo mandé al concurso porque ya lo tenía enmarcado y total no iba a ganar. Pero ganó. Contradicción: tuve la mala suerte de que ganara. Un premio municipal y era adquisición, chau cuadro. Cuando se lo dije a mi mujer creo que no me lo reprochó, pero si lo hubiera hecho hubiese estado en todo su derecho. Había vendido su cuadro. Para colmo la desventura no terminó ahí. El día de la premiación, entré con mi familia vestidito, perfumadito y feliz con la intención de ver mi obra colgada en el lugar destacado de los premios y en vez de gritar el gol, me puse a mirar el resto de las obras expuestas. Mala idea. La verdad había varias mejores que mi cuadro. No se puede ser objetivo en eso, pero había uno bellísimo, de la fábrica de vidrio Rigolleau en un atardecer; una cosa media fauve que explotaba de color. Todavía me lo acuerdo y eso que fue hace muchos años. Me sentí como el orto. Realmente mal. Para colmo a los pocos días me llamaron de la Secretaría de Cultura. Pensé: "¡ahora me van a ofrecer laburo!". No. En realidad lo que querían era que les devolviera la guita del premio porque nosequién había objetado nosequé de mi obra que al parecer no respondía a lo que el reglamento pedía. Me asesoré legalmente (gratis por supuesto, jodí a mi prima abogada - ¡Gracias Bea!) y los mandé más o menos al carajo en una tirante entrevista en el despacho del SEÑOR SECRETARIO. Todo, en fin, amargo amargo.

Me parece que después de eso no mandé otros cuadros a concursos. Y ahora en el living tengo colgado una pintura de un puerto con barcos que es una verdadera bazofia, pero entraba justo en el marco que tenía, va en realidad no, tuve que amputarle un remolcador que sobraba.

Pero mis triunfos en el mundo de los concursos no terminan ahí. Después me hice escritor (va todavía estoy tratando de ser). Y gané, si señores, gané un par de menciones en concursos de poesía. Enumero los extraordinarios premios: mención en un concurso de "poetas docentes" (así como lo leen, no se rían) en una biblioteca del interior de la provincia; me mandaron por correo un conmovedor diploma de esos de escuela, donde asentaban que me habían premiado con la laboriosa caligrafía de alguna bibliotecaria de anteojos gruesos. El otro que recuerdo me lleva al salón de los bomberos voluntarios de no se que municipalidad, donde me veo de traje, leyendo un poema delante de una multitud de viejas peinadas con spray. Después leyó su cuento el primer premio de narrativa, un tipo medio vestido de gaucho con mocasines de carpincho parecido al de la publicidad de vino Toro, cuya obra narraba un viaje en carreta en una campera descripción de, supongo al menos, una época donde Roca ya había exterminado a todos los pueblos originarios, para que otros hacendados como los que el señor escritor quería imitar (¿o realmente lo era?) pudieran plantar su trigo y su progreso. Paso de largo una velada en un bar o teatro del barrio de San Telmo, lugar superpoblado de escritores, escritoras, escritorsotes, escritorcitos y escritorcitas, que intentaban explicitar que eran grandes artistas con actitudes de grandes artistas, y charlaban y se conocían y yo era al cien por cien sapo de otro universo, no ya de otro pozo. Bizarro, bizarro.

Pero por fin llego a mi otro y gran resonante triunfo en el mundo de los concursos, sólo comparable a aquel en el que le vendí su cuadro preferido a mi señora. Finalista en un certamen de poesía, pero no de un poema, sino de un volumen entero de poemas. No se cuánto había estado seleccionando, descartando, criticando mi propia obra para formar ese volumen. ¡Y era finalista! El primer premio era la edición. Pero yo ¡era finalista!

Me llamaron de la editorial para tener una entrevista, no quisieron adelantarme nada por teléfono. ¿Realmente para qué iban a llamarme sino era para editarme? Me tomé el tren y me fui a la capital. No me puse el traje. Me pareció excesivo. Además el traje no da poeta. Da más bien oficinista. Y el mío, azul, daba más bien chancho de colectivo. En fin llegué a la editorial. En un departamento de no me acuerdo qué avenida. Me hicieron esperar un rato y después me hicieron pasar a una oficina. Me recibió una piba que atendía muchos teléfonos. No era fea. Tenía cara de escritorcita. De escritorcita medio pirada, de esas con corte de pelo asimétrico. Me dijo que mi obra más o menos por un pelo no había ganado el concurso. Cuando me dijo eso, realmente sentí que Neruda, Apollinaire, Rimbaud, Alberti y Darío eran una manga de giles. Yo, Andrés, el poeta finalista. Me dijo que mis poemas eran "lindos", que los había leído con mucho interés. Lo dijo con esa palabra, "lindos". Me pareció una palabra extraordinariamente pelotuda. ¿Cómo vas a decir que un poema es lindo? Un poema es terrible, sublime, sutil, lírico, apasionado; pero nunca es "lindo". La conversación fue derivando, predeciblemente, hacia una propuesta de edición. Ya está, EL POETA que editaría su primer obra, JA!. Después ciertos sustantivos abstractos comenzaron a poblar el discurso de la escritorcita, eran más o menos: dinero, edición, oferta, esfuerzo, aporte, hasta desembocar en una casi ganga en la que yo ponía de mi flaco bolsillo de poeta la mitad del dinero para la edición.

Hay veces en la vida en que uno tendría que ser capaz de levantarse de golpe. Pegar un portazo. Putear y golpear cosas. Mear escritorios. Pero esas veces me he visto incapaz de mover un músculo, por un sentimiento que me provoca una especie de parálisis psicológica, y es la estupefacción. El asombro me anestesia. Y ete aquí que el poeta, el genial poeta, el finalista poeta, el poeta casi editado; venía en tren desde allende la pampas para que le pidieran guita. Agradecí la propuesta, indagué por pura curiosidad (o por agrandar la herida en mi ego de poeta de poemas "lindos"), detalles de cómo serían mis aportes pecuniarios. ¿Podría hacerse en cuotas? ¿Pagaría por poema o por página? Creo recordar que aunque estaba lejos me fui caminando hasta Constitución saboreando mi triunfo. Colgando de la fascinante y luminosa noche porteña pude intuir a Neruda, a Apollinaire, a Rimbaud, a Alberti y a Darío, cagándose bien de risa de mí. 

domingo, 5 de enero de 2014

INGLATERRA
Leopoldo Brizuela
por Andrés G. Muglia
 
 
 

Tiro al blanco
 
Hacía rato que quería leer algo de Brizuela, pero como ya se sabe soy alérgico a los libros nuevos, yo y mi bolsillo. Cuando encontré Inglaterra, premio Clarín de novela 1999 en una mesa de usados, fui por ella sin dudarlo.
 
El autor
 
Tuve referencias de Leopoldo Brizuela por primera vez allá por el año 1998, cuando estudiaba para mi profesorado en la Facultad de Humanidades de la UNLP y me relacioné con un grupo de estudiantes de letras. Las niñas suspiraban por Brizuela, por su talento precoz (había ganado el premio Fortabat de novela a los diecisiete años) y por él mismo, que no se si por esa época ya las había desilusionado (o ilusionado aún más) con la confesión de su inclinaciones sexuales.
 
Más tarde me enteré de varios de sus premios literarios con el condimento de que como yo, Brizuela es platense, por lo que (ignoro los motivos de ese tipo de curiosidad) siempre me llamaba la atención alguna noticia que leía sobre él.
 
Finalmente y hace poco, un amigo me contó que estaba leyendo algo de Brizuela y que le hacía acordar mucho a lo que yo escribía. Además de halagarme, digo que comparen lo que uno hace con lo que hace un escritor consagrado no es algo menor, la cosa me intrigó; por lo que ni bien pude compré algo de este autor para ver a dónde podía ser que mi amigo estableciera una correspondencia, una comparación o un parecido; sospechando también que podía mear afuera del tarro.
 
La obra
 
Leer Inglaterra lleva el contenido implícito, para todo aquel que alguna vez haya llevado las tres copias anilladas de su palpitante esperanza en forma de novela a un concurso literario, de leer un libro que efectivamente ganó uno de esos concursos. Aunque es estúpido querer desentrañar una formula triunfadora alojada entre las líneas de Inglaterra, no deja de moverse debajo del texto este fantasma que aqueja a cualquier participante de certámenes literarios: ¿qué tiene que tener una novela para ganar un concurso? En fin, que uno pronto se olvida de eso; porque si hay algo que Inglaterra no tiene es una estructura fácil de desentrañar.
 
No puedo, como acostumbro en este mismo blog, hacer una reseña sucinta de la trama del libro porque no existe en rigor un devenir lineal y clásico, del estilo establecido y un poco sonso (bueno es confesarlo señores académicos) de introducción, nudo y desenlace. Inglaterra es un libro fragmentario, donde las diferentes historias, que transcurren a lo largo de cuatrocientos años, se relacionan entre sí a través de ciertas claves que las articulan y las implican. Estas historias, contadas por boca del autor-narrador, que como en el teatro o en la novela antigua usa giros del estilo de "como el querido lector supondrá" etc, o de los propios personajes que se convierten en narradores, tienen como eje el destino de la compañía de teatro de William Shakespeare y cómo ésta después de una época de esplendor donde actuó bajo la batuta del gran dramaturgo para la corte de Inglaterra, se ve expulsada  - por la propia dinámica histórica que convertiría a su público aldeano y campesino en los obreros de las ciudades industriales, que ya no comprendían el lenguaje de Shakespeare - a buscar nuevos horizonte subidos a tres buques de la armada invencible.
 
Hay toda una cadena de simbolismos en esta fábula. El primero, que los buques sean tres, como aquellos de Colón. El segundo, que en época donde se perfilaba Inglaterra tal como se la conoció hasta la Segunda Guerra Mundial, es decir el mayor estado imperialista de occidente, la conquista a la que se dirige la Compañía de la Rosa no es otra que la del mundo para el lenguaje de Shakespeare y, transitivamente, para la comprensión. La conquista que pretende la compañía es pues, contrariamente a la del imperio, liberadora. Pero el éxito no coronaría los esfuerzos de generaciones de actores shakesperianos que heredarían de su ascendencia los personajes de Shakespeare como quien hereda una característica transmitida por el ADN. La compañía, cuya perenne esperanza se cifra en ser llamada de nuevo para actuar para la corte inglesa, se ve todo el tiempo obligada a una subsistencia cada vez más austera y humillante, hasta reducir su flota a un solo buque: el Almighty Word (sugerentemente: Palabra Todopoderosa). Esta misma miseria los deja finalmente en manos del Conde Axel, hijo de un antiguo mecenas que lo envía a sumarse a la tripulación de actores a modo de encubierto destierro. El Conde, un loco, un iluminado, ambas cosas; se ve sometido al amor de un brujo de origen ruso (que recuerda mucho a Rasputín) por cuya influencia nefasta la compañía se fusiona con un circo italiano y se convierte en el circo Great Will, lo que hará del universo del relato algo decididamente bizarro.
 
Finalmente el Conde, que arrastra a la compañía a una condición cada vez más desesperada, se reivindica al casarse ya cercano a su muerte, con una muchacha hija de un predicador que será llamada a salvar a la compañía. Esta joven virginal convertida en Condesa, no es otra que la Miranda de La tempestad, la encarnación de la inocencia en este universo que naufraga y que le exige que lo salve (toda la compañía) aunque ella, pese a las lecciones del Conde, no sepa bien cómo; y su única preocupación sea averiguar, igual que Miranda, cuál es el nombre de su destino.
 
El pasaje más interesante del libro es a su vez el más hermético y el que exige, si se quiere, cierta información previa del lector para poder disfrutarlo en su real dimensión. Pues la operación de Brizuela consiste en reproducir en clave de recreación pero también de interpretación, de análisis y de homenaje, el argumento completo de La tempestad. De este modo la obra de Shakespeare, que hará muy bien el lector en leerla sincrónicamente al texto de Brizuela (así lo hice yo, tampoco es tan larga) establece un diálogo con este pasaje de Inglaterra, donde los personajes son evocados por Brizuela, pero su accionar o su conducta responden no ya a la lógica intrínseca del texto de Shakespeare,  sino a la del de Brizuela, que se revela de este modo dominando la trama de La Tempestad; inmiscuyéndose, abundándola en interpretaciones y simbolismos. Pero a su vez esto somete a toda la novela de Brizuela, como un planeta que obligara a todos los demás a girar a su alrededor, a que los fragmentos que concatena y que forman su historia se expliquen precisamente como deudores de la "mitología" shakesperiana, y más precisamente, del mundo de símbolos y personajes que propone La Tempestad.
 
Por ejemplo, en el texto crudo de Shakespeare el monólogo final de Próspero destinado a despedirse del auditorio que lo "liberará" con su aplauso, se convierte en manos de Brizuela en un diálogo destinado a Calibán, personaje secundario de Shakespeare (un salvaje, un monstruo, o ambas cosas que en la imaginería imperialista británica de la época evidentemente son una misma) que de derrotado Brizuela transmuta en triunfador, al menos en un sentido. En el regreso de Calibán a Inglaterra que Brizuela imagina en su novela (una suerte de epílogo de La tempestad); Calibán se transforma en una metáfora de los pueblos oprimidos por el imperialismo británico que se niegan, a través de su gesto de cortarse la lengua, a darle al conquistador lo más preciado: su "lengua", o lo que es lo mismo, su cultura. Como aquellos aztecas que escapando de las huestes españolas sepultaban los tesoros de su pueblo para que el conquistador no pudiera usurparlos (su calendario de piedra = su interpretación del tiempo = su cosmogonía), Calibán se inmola, y junto con él sus secretos y los de su tierra; aquella que en el texto de Brizuela es la de los Onas. Como su madre, la bruja Sycorax, Calibán enmudece.
 
La Condesa, que descubrirá encarnando al personaje de Calibán (anagrama de caníbal), el salvaje, su lugar en la compañía tatral; será quien decida en el Canal de Panamá y luego de una exitosa gira de la compañía por América, donde recibirán la invitación esperada durante siglos de retornar a la corte inglesa, intercambiar el Almighty Word por un acorazado y dirigirse hacia la Patagonia en busca del destino del Great Will y del suyo propio, en esta que no es otra que la isla de La Tempestad (transmutada por la magia de Brizuela en otra ubicada al sur de Tierra del Fuego) y en la que la Condesa (Miranda) buscará encontrar por fin el nombre de su destino.
 
Lo que hace Brizuela es convertir a Calibán; un símbolo que prefigura la dominación imperialista,  tal como el Viernes de Crusoe o más acá en el tiempo el Umslopogaas de Quatermain; el amigo-esclavo que pone en acto lo que había advertido Hegel; en un arma antimperialista. Calibán se convertirá a través de la representación de la condesa, en una herramienta de liberación de los pueblos indígenas sometidos. Hay que hacer sí, un esfuerzo de imaginación para pensar cómo los americanos podrían comprender el teatro shakesperiano en otro idioma diferente al suyo, pero Brizuela deja esto librado a la elocuente gestualidad de la condesa.
 
Conclusiones
 
Inglaterra es un fábula, como lo confiesa y nos orienta desde su subtítulo su autor, y como tal forma parte de un género al que no soy demasiado afecto. Cuando leí Arcaos o el jardín resplandeciente de Christiane de Rochefort, un delirio en toda regla que abordé poco después de El reposo del guerrero, famoso libro naturalista y con guiños existencialistas (hay peli); no me pude enganchar con el universo que proponía la fábula de Rochefort; y la lectura me resultó muy cuesta arriba. Inglaterra tiene a favor que su universo, a pesar de fabulesco, resulta, sino verosímil, sí atrayente. Uno se pregunta qué ocurrirá con estos personajes, de Brizuela o de Shakespeare, o de ambos; porque si Brizuela hace un esfuerzo que es recompensado con nuestra expectación (de espectador, como el teatral) es por empujar de nuevo a los personajes shakespeareanos hacia renovadas aventuras, por llenar un poco (o sacudir) ese silencio en el que Shakespeare se sumergió hacia el final de su vida. Todo esto condimentado por símbolos de la propia patria (la Patagonia) y del propio universo (el acorazado del Great Will es sin duda el barco en el que el padre de Brizuela trabajaba para YPF) del escritor.
 
Queda por dilucidar qué era lo que vinculaba en la imaginación de mi amigo lo que escribe Brizuela con mis ensayos literarios. De movida vamos mal con la comparación, porque Brizuela escribe muy bien, a veces demasiado. Cada frase y párrafo del autor platense está repujada con el oficio perdido de un orfebre, un oficio complejo y si se quiere artificioso; pero no del artificio que decora, sino de aquel que agrega valor a una obra. Sí encuentro una coincidencia, sino estilística, porque poco puede hacer uno a la par de un estilista con todas las letras; si de, digamos, ideología literaria. Brizuela, y en eso me ha resultado placentera la lectura, va a contrapelo de esta nueva (o vieja) escuela literaria de menos es más. Que piensa que la escritura simple, despojada, directa y (lo uso de modo peyorativo) periodística, es una buena - la mejor posible - escritura. El estilo de Brizuela es complejo, de fraseo largo, de utilización imaginativa de todo un repertorio de recursos de escritura: abunda en los dos puntos, las cursivas; en vocablos fuera de uso que agregan un toque veraz a este texto que transcurre en épocas diversas; en largas divagaciones que se vinculan a veces con lo poético. La lectura del texto se vuelve entonces rica, no fácil; pero quien dijo que leer es fácil. Ni Cohello ni Allende tienen razón; allá ellos con su literatura simple para facilitarle las cosas al lector. 
 
Lo que queda de Inglaterra es un amor evidente del autor por esa tierra (de difícil confesión en esta), o de parte de su historia, la del oro shakespereano que lucha en su novela por sobreponerse, por rescatar esa riqueza (no material) de la de esta otra Inglaterra; la más conocida,  la rigurosamente materialista y antipática, la de la época de la Revolución Industrial y el imperialismo. Un amor que se infiere de sus estudios en Cambridge y de su condición de traductor, y que le da un conocimiento que se evidencia lo suficientemente profundo como para jugar en esta fábula con símbolos de esta otra cultura; transfigurarlos, ponerlos en diálogo con los de su propia cultura americana. Queda también el goce evidente de quien escribe deleitándose en los recursos de su idioma y que demuestra que escribir bien a veces no tiene nada que ver con escribir simple.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Kafka apasionado
por Andrés G. Muglia


 
Es curioso el modo en que Kafka es un apellido que me suena familiar desde la infancia. Mientras mis contemporáneos de séptimo grado se perdían por los jueguitos del Atari yo entretenía mis horas leyendo "América", ok lo recuerdo con cierta jactancia. Ignoro si en ese momento entendí cabalmente la múltiple simbología del texto que leía, ignoro también si soy capaz de desentrañarla ahora mismo. La obra completa de Kafka fue siempre una presencia destacada de nuestra biblioteca. Mi padre era un gran admirador del escritor checo-alemán. Hoy día esta colección es una de las pocas herencias materiales que guardo de él. Me resulta sugestivo que esta literatura que tanto tuvo que ver en su gestación con los conflictos entre un padre y un hijo, me haya llegado a través del mío con el que no tuve, y eso es quizás lo extraño, mayores conflictos. Aunque no venga a cuento, o tal vez sí, al menos para mi, mi padre fue lo opuesto al de Kafka, aquel sólido y obtuso Hermann. Mientras que Kafka padre jamás comprendió la vocación de su hijo por ser escritor, el mío fogoneó la mía por ser artista de las más diversas y conmovedoras maneras. 

Cuando mi facilidad como dibujante se hizo patente, me traía fotografías de sus compañeros de trabajo para que hiciera sus retratos, que él se encargaba de cobrar puntualmente a modo de improvisado marchand. Hasta tuvimos una especie de bizarra pyme que enmarcaba lo que yo dibujaba, lo cual me reportó mis primeras ganancias en el mundo del arte; lo cual para un adolescente de quince años no estaba mal. Como sea, en contra de las historias de artistas torturados que nadan contra la corriente del deseo familiar y de futuros de corbatas estrechas y oficinas sombrías, mi familia y mi padre no hicieron más que empujar mi vocación. Y cuando mi padre ya no estuvo ahí, vamos que se murió, mi madre me bancó (estudios, comida, ropita, salidas) hasta que me recibí de una licenciatura de arte de la que, paradójicamente, nunca extraje un centavo.

Como sea, uno ve las cosas desde su propio punto de vista, por eso a veces me parece doblemente cruel el destino de ciertos artistas que tuvieron que luchar por imponer su vocación al prejuicio de su entorno, de su época y de su familia. Sin embargo, después de leer la biografía de Kafka de Nicholas Murray titulada "Kafka, literatura y pasión" uno no puede sino quebrar una lanza a favor de Hermann Kafka. Kafka escribió una larga carta a su padre, obra famosa hoy en día, muy visitada por freudianos y lacanianos de toda laya, echándole la culpa de todo sus desaciertos. Es de esperar que Hermann no haya leído esa carta que Kafka nunca le envío, pues leer algo así debe ser el peor golpe que un padre pueda recibir de un hijo. Kafka mismo aceptó que en la construcción de ese texto había echado mano a muchas de sus "astucias de abogado". Pero veamos quién era este monstruo llamado Hermann Kafka.

El padre de Kafka era un judío de origen checo. Había tenido una dura niñez de pobreza y privaciones que nunca, al parecer, se cansaba de narrar a sus hijos. Hermann, que en esa misma niñez se había ganado la vida en los duros inviernos nevados de su terruño, empujando un carro repleto de leña y vendiendo su contenido puerta a puerta en diversas aldeas, era un self made man que había logrado superar con su propio esfuerzo ese pasado de estrechés para emigrar a Praga y convertirse en un próspero comerciante. Alto, atlético, saludable, era lo opuesto a su hijo, que cuando iban a nadar juntos sentía aquel cuerpo como un subrayado de su propia debilidad. Al parecer la relación padre e hijo siempre fue tirante, aunque Kafka pasó casi toda su vida viviendo con sus padres, lo cual no era necesario ya que por su trabajo bien remunerado podría haber roto fácilmente ese círculo infernal mandándose a mudar. Kafka odiaba sin embargo esa vida familiar, el ruido de sus hermanas y más tarde el de sus sobrinos; hasta la visión de los pijamas de sus padres preparados sobre la cama antes de dormir le daba una especie de asco (!).

Esta aparente relación imposible, no condicionó el hecho de que los estudios de Kafka fueran enteramente pagados por sus padres y que Kafka no tuviera que trabajar hasta egresar con su título de abogado. Finalmente consiguió un puesto en un instituto especializado en seguridad laboral, del que se quejaba permanentemente como una especie de plomada que tiraba hacia abajo de su verdadera vocación y le impedía ser un escritor de tiempo completo. Sin embargo Kafka trabajaba hasta la dos de la tarde, después daba paseos con su amigo y escritor Max Brod, almorzaba, dormía la siesta, en suma dedicaba un buen tiempo de su día a boludear. Hasta que después de las diez, tras la cena familiar y cuando todos dormían y por fin conseguía su preciado silencio, comenzaba a sacarle punta a sus demonios y escribía hasta la madrugada. Eso en el mejor de los casos, porque pasaba largos períodos sin anotar una palabra o destruyendo todo lo que había escrito.

A veces, su compulsión por escribir cartas diezmaba su literatura, le ganaba el espacio a escribir ficción. Sus relaciones con mujeres fueron principalmente epistolares. La más larga, con Felice Bauer, duró cinco años. Bauer vivía en Berlín y durante esos años se vieron un puñado de veces en las que Kafka se sintió invariablemente incómodo. Sin embargo escribía a Felice todos los días largas cartas explicándole con pelos y señales sus tormentos internos, sus enfermedades imaginarias y las razones de por qué no tendría que casarse con él. Se comprometió dos veces con Bauer y nunca se casó. Kafka mantuvo varias de estas relaciones imposibles, donde el deseo de casarse se veía siempre saboteado por su miedo. Sin embargo, para muchos como su incondicional Max Brod, Kafka era un tipo simpático, reservado, muy inteligente y agradable. Hay pruebas de que gustaba a las mujeres y no rehuía una prostituta si se le presentaba la ocasión, aunque después sintiera remordimientos.

Como sea es bastante claro que el problema de Kafka no era su padre; ni el Instituto donde era un empleado muy apreciado y en donde se le toleraban largas licencias con goce de sueldo a raíz de sus problemas de salud; ni las mujeres con las que nunca podía concretar su anhelado matrimonio. El problema de Kafka era el propio Kafka y, como él finalmente los bautizó, sus demonios interiores. Hasta la tuberculosis que terminó con su vida fue recibida por él como una extraña forma de alivio, algo concreto donde focalizar todos sus temores.  

Es difícil imaginar de qué modo podía juzgar o entender Hermann Kafka a este treintañero que no dejaba el nido, que vivía de noche para una literatura que él jamás podría comprender y que mantuvo una ¿novia? durante cinco años casi sin verla.

La fatal conclusión de la vida de Kafka tiene mucho de estas paradojas que a veces nos quieren pasar por moralejas y no son más que oscuras demostraciones de que eso que llamamos vida no tiene sentido, explicación o parábola. Por fin Kafka encontró el amor en una mujer más joven llamada Dora Diamant que sin ser una intelectual supo comprenderlo a él y a su vida literaria. Convivió con ella en Berlín, enfermo, en la estrechés económica pues su jubilación no era suficiente como para vivir en la galopante hiperinflación alemana, en contra de la moral de la época pues no estaban casados, pero feliz. Se dio cuenta además que su literatura no era incompatible con la vida matrimonial (su gran temor) y que podía escribir tranquilamente en presencia de su querida Dora. Tras comprobar todo esto durante algunos meses y acallar los viejos demonios y escribir un poco, se murió a los treinta y nueve años en un sanatorio de Kierling luego de pedirle a Dora que le trajera lirios del campo.

La ironía de todo esto, digna del culebrón más retorcido y melodramático, es que aquellas relaciones de ficción a las que se veía impulsado Kafka, aquellos amores hechos de literatura epistolar e idealización que lo alejaban de las relaciones reales, se vinieron abajo junto con su miedos cuando por fin pudo experimentar, como postrero manotazo de un ahogado consiente de que se estaba ahogando, las delicias menudas y a veces imperceptibles de la vida matrimonial. Kafka comprobó, tarde, dolorosamente tarde, que había dedicado su vida a huir de un monstruo que vivía solamente en su imaginación.

Después vendrán las polémicas de si le dijo a Max Brod que destruyera todos sus escritos y si su amigo hizo bien o mal en no hacerle caso. Brod arguye que Kafka era muy ambiguo es ese sentido y se agarra de eso para publicar las obras de Kafka, que en pocos años cobraría una celebridad mundial. Brod estaba equivocado seguramente, como estaba equivocado cuando atribuía a los escritos de Kafka una intención religiosa. Kafka, a pesar de sus esfuerzos por introducirse en el misterio de la fe judía, no era un hombre de fe, y sus escritos son simbólicos pero no en el sentido que Brod les confería. Del mismo modo, la mitología que indica que Kafka nunca publicó es inexacta. Kafka tenía editor y publicaba regularmente en revistas especializadas. Si bien era exigente con la perfección de sus escritos, y quemó buena parte de su obra, mucha con la ayuda de Dora Diamant; también era un escritor reconocido en un reducido grupo de iniciados (como por ejemplo los artistas expresionistas) y de ninguna manera inédito. El siglo XX insufló a su figura una notoriedad que tal vez lo hubiese horrorizado, el existencialismo aplaudió su obra como una anticipación de la mirada pesimista sobre el mundo que su filosofía difundiría, y la posteridad lo consagró como uno de los escritores más influyentes del siglo pasado. No se si Hermann se llegó a enterar de eso. No se si a Franz Kafka le hubiese importado. Calculo que sí.

sábado, 21 de septiembre de 2013

Palabras y fotografías, Alexander Solschenitzin por Andrés G. Muglia Palabras y fotografías, Alexander Solschenitzin
por Andrés G. Muglia

"Los que sobrevivimos a los campos de concentración no somos verdaderos testigos. Esta es una idea incómoda que gradualmente me he visto obligado a aceptar al leer lo que han escrito otros supervivientes, incluido yo mismo, cuando releo mis escritos al cabo de algunos años. Nosotros, los supervivientes, no somos sólo una minoría pequeña sino también anómala. Formamos parte de aquellos que, gracias a la prevaricación, la habilidad o la suerte, no llegamos a tocar fondo. Quienes lo hicieron y vieron el rostro de la Gorgona, no regresaron, o regresaron sin palabras".
Primo Levi (escritor, Italia). (1)

Alexander Solschenitzin, escritor ruso de apellido imposible que fue premio Novel de literatura en el año 1970. Temeroso de no poder volver a su patria (de que no lo dejaran entrar), Solschenitzin demora hasta el año 1974 para buscar su galardón. Había sido preso político del régimen stalinista durante ocho años. Víctima, pero con voz, y la suerte justa para poder contar en sendos y desgarrados libros los abusos a los que fueron sometidos millones de seres humanos encarcelados y enviados a los campos de concentración del Archipielago Gulag; tal como bautizó lúcidamente a la red de prisiones a la que aplicaba un término topográfico.  

Solzhenitsin crece en medio de la revolución rusa, en 1925 es un niño fotografiado, inocente, con una escopeta de juguete en la mano.


Para 1938 la fotografía lo muestra con la mirada de un estudiante, idealista, esperanzada, puesta en el futuro; ya se insinúa el mentón adelantado y orgulloso.


En 1942 es un soldado, el rostro más delgado, marcado por los pocos años, la mirada firme y el mentón más aún.


En la foto de marzo de 1943 es el teniente Solschenitzin, comandante de la batería de reconocimiento sonoro, su rostro es duro, desafiante, aventurero; un hombre de acción, tal vez un violento.


La fotografía de junio de 1946 nos deja, sencillamente, sin palabras. Ensayemos una explicación.


En 1943, en plena guerra mundial, Solschenitzin participa de la batalla de Kursk, la mayor batalla de tanques de la historia; y que sería el último intento de Hitler por sostener el frente este. En febrero de 1945, en pleno avance del ejército rojo hacia Berlín, Solschenitzin es arrestado en Prusia, por supuesta conspiración contra el régimen. La conspiración consistía en una serie de cartas intercambiadas con un amigo de la infancia, también en el ejército, donde se atrevían a criticar al gobierno. Solschenitzin es condenado a ocho años de trabajos forzados, pena considerada como leve en la Rusia de la época.

La fotografía de junio de 1946 nos muestra a Solschenitzin después de diez y seis meses de estar en cautiverio. La imagen es la de un hombre al que le han quebrado el alma.

En ese período de tiempo, el joven Solschenitzin comprendió que en un instante la vida puede cambiar para siempre. Fue sometido a torturas y vejámenes. Jamás tuvo un juicio en el cabal sentido de la palabra. Se lo trasladó constantemente de un lugar a otro del "archipiélago" sin una explicación ni ninguna garantía. Allí conoció cientos de destinos como el suyo. Compartió con ellos las celdas, algunas en las que se hacinaban de tal modo que tenían que turnarse para dormir o dormir de pie. Viajó en los trenes para presos, hacia la basta Siberia, donde se sacaban de los vagones, en las sucesivas paradas, los cadáveres de los que no soportaban el viaje.

Todo eso retrata una simple foto. La foto de alguien derrotado por la vida. Temeroso. Perdido para el mundo y para sí mismo. Que ha conocido un feroz castigo sin sospecharlo, sin verlo venir, confiado tal vez en el aura que había grajeado como héroe de la batalla de Kursk.

Una fotografía más, en el destierro, en el año 1954. Casi tan elocuente como la anterior, el rostro atravesado de marcas de sufrimiento que ya no se borrarán. La mirada parece estar pidiendo auxilio. No importa que en el 2009 el primer ministro Putin lo recibiera con honores, las fotografías dan testimonio de alguien que bajó al infierno y que volvió para contarlo, pero que dejó parte de sí en ese viaje. Volvió después con imágenes, con sensaciones, con pesadillas recurrentes y miedos irracionales. Cosas que vivirán emboscadas y siempre latentes. Cosas que no podrán borrar los apretones de manos ni las palmadas en la espalda de los políticos.


(1) Citado en Hobsbawn, Eric: "Historia del Siglo XX", Crítica, Grijalbo Mondadori, Buenos Aires, 1999; pág. 11.

jueves, 12 de septiembre de 2013

El placer de escribir y el placer de pintar
por Andrés G. Muglia  / *imágenes del autor


Durante años fui víctima de una vocación compulsiva por dibujar. Una facilidad innata, tal como los que tiene inclinación por las matemáticas o por la costura, me facilitó el camino que casi, ya estaba trazado frente a mi. Desaprovechar la oportunidad de estudiar arte, con mis condiciones (repito, innatas nada por lo que jactarse) hubiese sido poco menos que un pecado. A los siete años escribía con la soltura de un troglodita, desparejas letras que parecían golpeadas por el lápiz antes que trazadas. Pero dibujaba con la pericia de un chico mucho mayor. No sería aventurado decir que para mi era más fácil dibujar que escribir, al menos en el concreto acto físico. Cuando dibujaba no poseía inventiva, ni creatividad, era sencillamente una fotocopiadora humana que copiaba todo lo que se le ponía adelante.
 
 
Cuando ya mayor salí del secundario se hizo natural, facilitado el hecho porque vivía en una ciudad sede de una de las mayores universidades públicas del país, que entrara a estudiar artes plásticas en la Facultad de Bellas Artes. No puede decirse que me haya ido mal. Al contrario, lo bien que me fue prefiguró quizás la engañosa ilusión de que cuando saliera de allí mi inserción en el mundo del arte sería algo sencillo. Lo cual, rotundamente, nunca ocurrió. En la universidad aprendí lo que iba a buscar: un cúmulo de técnicas y prácticas que desconocía. Entré dibujante y salí, tal vez pintor, no se si artista.


En paralelo a eso y desde la infancia fui, quizás por criarme en una casa de lectores en donde no faltaban libros (fui socio de una biblioteca casi antes de aprender a leer), ávido lector. Lo que, paradójicamente, no ayudaba a que mi letra y mi ortografía (que todavía es deplorable) mejorara. Como el que ve jugar al fútbol o cualquier otro deporte y desea automáticamente ponerse los cortos y salir a correr, la lectura provocó el deseo de escribir. Comencé, como empiezan todos, por el primer paso de la literatura (y puede que el último), la poesía. Mis primeros poemas en verso remedaban a los de Becquer, cuyas Rimas me sabía prácticamente de memoria. Cuando descubrí a Apollinaire en una biblioteca, y transcribí a máquina todo Alcoholes (ignoro por qué no lo fotocopié), me convertí en un poeta moderno y tiré por la ventana métrica y rima. Hasta hace pocos años tuve la saludable costumbre de escribir poesía, un modo muy puro de hacer literatura directo desde el sentimiento y sin la mediación de ideas lógicas, personajes, argumentos, escenarios, etc.
Las vueltas de la vida quisieron que unos amigos diseñadores crearan una revista y fue casi natural que me pidieran colaborar como "escritor". Allí, el poeta y apenas cuentista, se convirtió en articulista de arte y diseño. Tocaba la tecla que sabía tocar, la del arte, pero en un lenguaje inesperado, el de la escritura. Sumado a ello, con poco más de veinte años, ver lo que había escrito (¡CREADO!) impreso en una revista, y sobre un papel que no fuese de descarte y con el membrete de la administración pública en el reverso, era una sensación parecida a la de morder la manzana de Eva.

Creo que aquí se bifurcó un camino que con los años fue dividiendo sus ramas, hasta que las alejó tanto que ya no era posible transitarlas al unísono. El escritor comenzó a luchar con el pintor. Quizás tratar de describir (aunque el intento sea probablemente estéril) las diferencias que advierto entre la creación plástica y la literaria, pueda ayudar un poco a comprender la diversidad de estos dos caminos.

Cuando uno dibuja tiene la sensación placentera de estar siguiendo una melodía que dicta la cabeza, con la asistencia tersa y colaboradora de articulaciones y músculos. La línea: ondulada, quebrada, gruesa y expresiva o fina y sugerente, es una amiga que se mueve a nuestra indicación. Existe un placer físico y melodioso en el acto de dibujar. Existe un placer casi intenso en el acto de dibujar rápido. El boceto exige el movimiento decidido del que domina una herramienta. Eso se consigue con algo innato y mucha práctica, algunos pueden confundir esa suma con el talento; a esta altura no se si hacen bien o mal.


Si el dibujo es como la melodía de un ejecutante solista, la pintura es como tener la batuta de un director de orquesta. No sólo tenemos un color (o en realidad la total ausencia de color que es el negro) con qué jugar a los contrastes y las formas, sino que todos los colores del universo nos son presentado para que gocemos de ellos. El cambio es conmocionante y el haber dominado las artes del dibujo no nos convierte por fuerza en un pintor igual de efectivo. Por el contrario dominar la línea puede llegar a traer dificultad con los planos, que es en realidad de lo que se compone una pintura. Podría decirse que el dibujo y la pintura son expresiones o artes complementarios; podría decirse con la misma justicia que son opuestos.

Creo que nunca me convertí en pintor. Siempre fui un dibujante que pintaba. Con todo, con el mucho oficio de dibujante lograba (a juicio mío) resultados (no le pongamos calificativo). Pero en la pintura descubrí que ese placer casi físico que se obtiene al dibujar, crecía en intensidad cuando pintaba.

Como en la música, en el acto de pintar se adquiere un ritmo. En la música está preestablecido y en la pintura surge con la obra. Cuando la pintura es expresiva, como la que yo frecuentaba, ese ritmo puede hacerse intenso y llevar al cuerpo y la mente a un lugar muy diferente al que estaba en el punto de partida. Puede que esto (y soy peyorativo) sea difícil de entender para alguien que gasta ocho horas al día cargando planillas de Excel en una computadora, o que su trabajo sea aplicar una ley escrita hace cien años a un tipo que no le hizo caso o sencillamente la ignoraba, pero el acto de la creación plástica y especialmente el de la pintura, cuando la obra llega a su punto culminante (no necesariamente cuando se concluye) entrega un placer al pintor parecido a una suerte de éxtasis, de agotamiento, de explosión de la percepción (que se intensifica por el continuo y a veces tortuoso acto de componer con formas y colores) adentro del cuerpo.

Pero lo que la pintura da es directamente proporcional a lo que pide. Y este pacto a lo Fausto es difícil de pagar, pues exige algo de lo que a mi no me sobraba: creatividad. Si bien no estaba al principio de la línea, era algo más que una fotocopiadora humana, el acto de la creación plástica me exigía soltar a volar una imaginación que, puede que demasiado atenazada por los conocimientos académicos que había incorporado, o sencillamente (no vamos a andar buscando culpables) porque no estaba allí, me costaba encontrar. Creo que llegué a ser un pintor con estilo pero nunca un artista. El acto de la pintura cobra un peaje, y si uno no tiene con que pagarlo además de placentero se vuelve traumático. Yo creía que eso era ser artista, no se si estaba en lo cierto, pero elegí no seguir en ese tren. Tal vez algún día vuelva a retomarlo.

Paralelo a esto crecía mi vocación como escritor. Como si algo me dijera que tenía que proteger esa faceta de la educación formal, jamás tomé un curso, asistí a un taller literario ni pedí el menor consejo a alguien que pudiera parecerse a un docente en la materia. Esta tozuda y casi obtusa (lo reconozco) permeabilidad a la educación formal, hacen de lo que soy como escritor una pura y exclusiva responsabilidad mía. Soy un autodidacta de una punta a la otra de todas las líneas que he escrito, publicado o sin publicar; eso me da, es honesto confesarlo, una especie de orgullo atolondrado.

Es tanto el contraste entre mi formación en uno y otro campo, que no puedo sino atribuir a eso los resultados que he obtenido en cada uno y mi manera de experimentarlos. Tengo una nebulosa conciencia, casi una intuición, de que mi amor por la escritura surge por el hecho de que, en contraposición con mi expresión plástica, la escrita explota de creatividad. Creo que jamás he tenido el problema del temor a la hoja en blanco. Cuando me siento frente al teclado la palabras surgen y se concatenan como si me estuviesen siendo dictadas desde algún punto donde ya estaban escritas y esperando.


Todo esto puede sonar muy raro y fumado. Pero es exactamente así. Toda la constipación creativa que sufría de pintor, se ha convertido en esta logorrea escrita que me hace anotar a veces frases tan desafortunadas como esta última.

Me dispongo aquí a anotar la particularidad del acto creativo de la escritura tal como yo lo experimento, que se puede contrastar a lo que he comentado sobre la pintura.

A la hora de escribir podemos pensar de antemano un argumento, o una idea, o hasta tener anotado un bosquejo de lo que escribirá; lo cual es incluso recomendable en el caso de afrontar géneros como el de la novela. De cualquier modo, cuando el acto de la escritura se concreta surgen nuevas "ideas" que se irán sumando a lo planeado, agregando a una vez solidez y frescura al conjunto. El comillado en torno a la palabra ideas es a propósito de no encontrar un sustantivo que exprese qué es aquello que ocurre en el acto de la escritura, para que de pronto, casi sin haberlas pensado y mucho menos planeado, surjan frases enteras, perfectamente concebidas y estructuradas que poco o nada tengan que ver con el proyecto inicial. Incluso algunas de estas frases se vuelven base de un texto, un eje que nadie había calculado (ni el propio autor) y que puede dar un volantazo definitivo a una obra y dar al traste con todo el plan inicial.

Yo supongo que de esta experiencia, evidentemente reiterada en todos quienes se dedican a la escritura, deviene aquel mito griego de las musas. Porque no se puede entender bien este fenómeno desde el plano de la pura y dura lógica; no está mal, en un mundo que gobernaban señores que consultaban oráculos y pitonisas, inventar unas bellas doncellas celestes e inefables que dictaran sus canciones al oído del poeta. Mucho más ilógico es pensar que no hay nadie allí, ni siquiera el autor que desconoce donde se conciben tales hijos que él pare. Lo cierto es que de la propia mecánica de la escritura, de ese diálogo rápido que establece el escritor con el texto que surge de él, de ese oscuro y nebuloso lugar que media entre su cabeza y aquello que escribe (que no es todavía texto pero tampoco es ya pensamiento puro); de allí nace, cuando aparece, el verdadero arte (crudo, espontáneo, original y valioso) de la literatura. Así lo concibo y así creo que, aún siendo franco opositor a toda pretensión de verdad absoluta en cualquier terreno, ES.

Y en ese lugar o en esa acción que no se sabe dónde reside y que media entre escritor y escrito, reside el placer de la escritura. Es un placer diferente al que brinda la pintura. Menos físico y sensorial, más cercano a lo mental, pero no por ello menos excitante y satisfactorio. Es un placer de otro signo pero tan intenso como aquel. Tal vez más burgués. Tal vez menos de la materia y más del pensamiento. No lo se bien. Y tan mal lo se que ni siquiera puedo ser peyorativo o prejuicioso al respecto y pensar que el pensamiento está sobre la materia o viceversa. Todo esto que edifico en torno a algo que no se definir, es tan provisional y abstracto que sólo se puede salvar de la crítica (por un pelo) al considerarlo como una apreciación de índole MUY personal. 


Lo cierto es que en ese terreno que yo imagino salvaje, baldío pero no estéril sino por el contrario, pletórico de frutos jugosos, ese al que entró sólo la educación que yo mismo supe procurarle, de ahí surge lo que escribo. No se si el resultado es bueno o malo. A veces lo sospecho original, otras ni siquiera eso. A veces considero que la originalidad no es una virtud per se. Lo único que se. Lo concreto. Lo seguro. Es que cuando me siento frente a un teclado una fiesta comienza. Y estoy invitado yo solo. Yo y nadie más. Y está bien así.