lunes, 22 de julio de 2013

EL GRAN MEAULNES
Alain Fournier
Ediciones Dintel, Buenos Aires, 1960.
 
  

Tiro al blanco

Verdadero hallazgo en una mesa de saldos donde, entre cientos de libros, sólo encontré este digno de compra. Desconocía al autor, pero su biografía impresa en las solapas me resultó atractiva. Gran compra. De esas que el cazador literario se vanagloria en hacer, por diez pesitos una novela preciosa.

El autor

Esta brillante novelita, lectura de culto entre los años veinte y cuarenta del siglo XX entre los jóvenes franceses, es la única que escribió el joven Fournier. Periodista y escritor prometedor, tal como lo atestigua esta obra hoy en día un clásico de la literatura, Fournier se enroló como soldado en la Primera Guerra Mundial y murió en Verdún en una de las primeras escaramuzas de la conflagración, cuando todavía contaba con veintisiete años.

¿Qué podría haber seguido escribiendo el infortunado Fournier? ¿Cuántas obras suyas nos perdimos gracias al monstruo siempre horrible de la guerra? Quien sabe. Tal vez no escribiera más o simplemente publicara bodrios ilegibles, aunque después de leer este libro uno podría suponer que sí, hubiera sido un autor consagrado y admirado. Lamentablemente una de las típicas escenas repetidas luego de leer un buen libro, el pensamiento: "tengo que conseguir otro libro de este autor" no podrá llevarse a la práctica en este caso.

La obra

La historia que cuenta el protagonista, un joven de quince años apellidado Seurel, podría bien ser autobiográfica. Por datos de la biografía de Fournier sabemos que, efectivamente, el escenario de la primera parte del libro pertenece al de su infancia y su adolescencia. Basta leer las descripciones algo melancólicas, casi pintoresquistas, que Fournier hace de ese escenario: un colegio situado en medio de la campiña francesa cerca de un pueblo de labriegos y campesinos, en pleno contacto con la naturaleza; para darse cuenta que este contexto no puede ser una mera descripción, una cita, una pintura bucólica de un bello paisaje. Sino que es otra postal, la que tejen los recuerdos de un joven que ve con esa dulce angustia del niño que se convierte en adulto, como se disuelve el mundo que lo vio crecer.

El narrador es el hijo único del profesor del colegio, a medias internado, al que éste llama respetuosamente Sr. Seurel en lugar de papá. Su madre Millie es la única cuota de dulzura en este pesado ambiente de corrección y gravedad que impone su padre. La historia comienza a cobrar interés cuando hace su aparición un joven de diez y siete años, hijo de una anciana adinerada, que pronto se ganará la admiración de todos y el apodo del El Gran Meaulnes. Seurel entabla una profunda y duradera amistad con Meaulnes, un joven aventurero, rapado a la manera campesina, reservado y de un inconfundible aire romántico. En este sentido Meaulnes es en realidad un tardío héroe romántico, al modo de Werther. Toma la vida con pasión y sus promesas por ley, lo que lo llevará lejos de su propia felicidad.

Un hecho sobresale en la trama. Meaulnes decide tomar prestada una carreta para ir a la estación de tren de un pueblo cercano en busca de los abuelos de Seurel. La tarea no le ha sido encomendada a él, quien sin embargo engaña a todos y escapa. Extraño en la comarca, Meaulnes se duerme en el monótono trayecto y se extravía en la campiña. Llegada la noche pide ayuda en una granja, pero el caballo se escapa. En busca de él, aterido de frío y desesperado, Meaulnes da con una extraña mansión donde se lleva a acabo una más extraña fiesta de bodas.

Aquí está el nudo de la trama. En esta fiesta cuasi surrealista, donde los principales invitados son niños y campesinos de la comarca; el rico y excéntrico joven Frantz de Galais desposará una simple costurera de la que se ha enamorado. Meaulnes, que es descubierto descansando en una de las habitaciones del semi-abandonado castillo, es invitado por unos raros personajes a disfrazarse y participar de los festejos. Llevado por este ambiente onírico donde se suceden escenas a cada cual más estrambótica, y donde los niños son los que mandan, Meaulnes permanece durante tres días en esta fiesta, sin siquiera saber en dónde se encuentra.

En un paseo en barco, una de las distracciones organizadas por los anfitriones, Meaulnes conoce a Ivonne de Galais, hermana de Frantz, y se enamora de ella. Sin embargo la tragedia sobreviene. Al final del tercer día Frantz de Galais vuelve a la mansión solo, la novia ha desertado. Meaulnes lo ve, desde su habitación, redactar una nota de suicidio; luego se escapa. La fiesta se disuelve de un modo caótico, Meaulnes ni siquiera tiene conciencia cierta de como retorna al colegio, en medio de la noche en  un carruaje que conduce a dos niños dormidos.

El resto de la novela es el intento de Meaulnes por reconstruir el camino que lo llevó a la extraña mansión; para poder reencontrase con Invonne. Pero su memoria no es suficiente, el mapa que traza está lleno de lagunas que ni él ni Seurel logran llenar.

Una nueva presencia en el colegio, la de un titiritero que lleva la cabeza vendada, lo pondrá de nuevo sobre la pista que busca. Primero enemigo (logra birlarle el preciado mapa con la ayuda de compañeros que odian a Meaulnes); el titiritero será luego su amigo incondicional, que le ofrece información sobre la misteriosa mansión; y mejor aún, sobre el domicilio de Ivonne de Galais en París. Meaulnes promete al titiritero que siempre que éste lo solicite lo ayudará; sin saber que en su promesa se esconde su propia perdición. Antes de escapar junto a su compañero de aventuras (un truán y ladrón de gallinas) el titiritero revela a Meaulnes su verdadera identidad: no es otro que Frantz de Galais.

Después de esto la novela de desgrana en una trama cada vez más compleja, donde las casualidades recuerdan a veces a aquellas demasiado forzadas de las novelas de Dickens. El amor de Meaulnes por Ivonne, la amista incondicional de Seurel que trabaja para que ese amor se pueda concretar, y la promesa de Meaulnes a Frantz de Galais, configurarán un laberinto que traba el destino de los personajes y en el que la trama debe resolverse de un modo inesperado.

Conclusiones

Una novela corta y magnífica. Según algunos una obra para jóvenes y adolescentes. Poco importa. Bien escrita. La trama avanza todo el tiempo sin detenerse. Las naturales interrupciones que uno puede tener en su lectura, no hacen sino fogonear el deseo de reiniciarla para saber qué es lo que va a pasar continuación. Con cierto ambiente bucólico (recuerda un poco el libro Bosques y hombres) y personajes románticos, es de algún modo una obra un poco anacrónica si la encuadramos en su época (se publicó en la primera década del siglo XX) sin embargo este anacronismo, y esta especie de sensible melancolía que parece permanecer todo el tiempo entrelazada en la trama que, sin llegar al melodrama, bordea todo el tiempo las fronteras de la tragedia; no molesta por lo bien construida que está la novela. Esta cosa de peripecia trágica, como de objeto que vemos caer hacia su destrucción sin poder hacer nada, recuerda un poco a Victor Hugo, y considerando la tradición a la que Fournier por fuerza debía continuar, no es extraño. Quién sabe qué otras maravillas podría haber seguido publicando el Gran Fournier si los cañones no se hubieran encariñado con su carne.

viernes, 12 de julio de 2013

CUADROS DE VIAJE
Heinrich Heine
Biblioteca Universal Gredos, Madrid, 2003.

 

Tiro al blanco

Libro comprado en una feria, precio tentador (tampoco regalado) y de título atractivo; esto de los viajes literarios, ya se ha dicho, me puede. Aunque el libro es más que un mero volumen de viajes, porque los caminos son una excusa para dejar volar la imaginación del autor. Edición esmerada sin ser carísima, ojalá uno comprara más libros de esa calidad y ese precio.

El autor

Heine es un autor alemán nacido en Dusseldorf en 1797. Su generación es posterior a la del Romanticismo de Gohete,  que resuena todo el tiempo entre sus líneas. Heine expresa con admiración que cada generación descubrirá nuevas maravillas en la obra del maestro alemán; como si esta fuera una fuente inagotable.

Periodista, ensayista y polemista; colaborador de revistas y folletines de mucha fama entre sus contemporáneos, cuando se tiene que definir a sí mismo Heine se sindica como poeta. Pero también es un brillante prosista, con mucho de ensayo y, sobre todo, y eso lo desmarca del sino trágico del Romanticismo, con gran sentido del humor.

Estudió leyes en Göttingen, pequeña ciudad universitaria de la Baja Sajonia, donde conoció a la mayoría de los personajes que su humor se dedica a retratar. Si pudiésemos transferir el ambiente que Heine crea en sus escritos al ámbito de las artes plásticas, no estaría mal establecer una analogía entre sus obras y las pinturas de Hogart o los dibujos y las esculturas de Daumier.

El libro

Al menos cronológicamente es adecuado etiquetar a Heine como post-romántico. Estilísticamente encontramos elementos que son extraños al Romanticismo, como su afición permanente a darle a todos sus escritos un giro humorístico. Hasta en sus poemas muestra Heine esa veta de fina ironía. Sus Cuadros de viaje son menos descripciones de paisajes y culturas que excusas para que Heine divague en torno a los temas más variados. Como dice el mismo autor en un pasaje:

"No hay nada más aburrido en este mundo que la lectura de una descripción de un viaje a Italia…, a no ser que lo escriba uno mismo; y lo único que puede hacer el autor para que resulte más o menos soportable es hablar lo menos posible de Italia en sí. A pesar de que aplico este recurso sistemáticamente, no puedo prometerte querido lector, gran entretenimiento en los siguientes capítulos."

Lo que deja muy claro sus intenciones a la hora de describir un lugar. La mayoría de estos cuadros, no son más que un escenario, o a lo sumo un disparador para que la brillante mente de Heine parta en un viaje -el verdadero- hacia la reflexión de las cosas más dispares.

Heine es un cínico, pero también es un irreverente. En el tema religioso se ríe permanentemente de los católicos y los critica sin piedad. A los protestantes, religión a la que dice pertenecer aunque evidentemente no la practica, también los hace probar un poco de su humor amargo. Cuenta que una vez jugó a la lotería los números que veía anotados en las pizarras de un templo protestante (donde se apuntan los salmos bíblicos que se leerán ese día) y luego se sintió estafado por un Dios que no era capaz de sugerirle con justeza número ganadores en un simple sorteo.

Los textos de Heine se convierten por momentos en una interminable caravana de caricaturas de personajes de su época. Las más intencionadas, se dirigen específicamente a quienes Heine quiere satirizar. Y como toda buena sátira la de Heine tiene como condición sine qua non la de ser inteligente. Pero, y esto penaliza un poco la obra, la mayoría de los personajes que Heine se aplica en ridiculizar no han trascendido su época. Por lo que los editores y traductores se ven obligados todo el tiempo en proveernos de notas a pie de página, que expliquen un poco quienes son estos fulanos ignotos que el autor se entretiene en martirizar con su pluma. Con esto los textos de Heine pierden actualidad y universalidad; como si su mirada hubiese estado demasiado preocupada en lo contingente de su época, en las rencillas domésticas de los juristas y profesores de la pequeña Göttingen. Sin embargo, si estas descripciones se proyectan hasta generalizar ciertas tipologías y conductas humanas que se repiten en los tiempos, como en la descripción del Marquéz Italiano de Gumpelino con el que Heine se cruza en su recorrido por Italia, la cosa comienza a tener más jugo.

Cada viaje, cada cuadro, tendrá un carácter distinto. Lo que hace que la obra pierda linealidad y se interprete mejor como un mosaico que como una historia. Por citar un ejemplo, el cuaderno dedicado al Mar del Norte, es en realidad un pequeño volumen de poemas. Aquí podemos conocer al Heine poeta, quien, a pesar de no despojarse del todo de su ironía, conserva casi intactas sus fuentes de inspiración románticas. El sentimiento trágico, el espíritu que se pierde en la inmensidad de un paisaje que adivinamos sublime al modo de Kant, el autor extasiado frente a la intensa belleza del entorno.

Esto mismo se repite, pero con otro tono, en los diferentes cuadernos. Antes de entrar de lleno en su materia preferida: la caricatura de personajes, Heine tiene cuidado de dejar anotadas las particularidades de las geografía que transita, sus paisajes y caminos, su flora, las diferencias con su país natal. En Italia describe entusiasmado el hallazgo de naranjas y limones, prácticamente desconocidos en su tierra. El verano alemán, dirá con humor a una dama que conoce en Italia, no es más que un invierno verde. En otras ocasiones Heine, tan agudo a veces, no puede dejar pasar el caer en los estereotipos eurocentristas; la mujer italiana es más un compendio de clichés que un auténtico retrato realista.

Conclusiones

Libro de un escritor brillante pero que, al ser más una serie de pensamientos sobre los más variados temas, a veces, por su extensión (más de quinientas páginas) se hace un poco pesado. No tiene una historia que lo conduzca a alguna parte, ni siquiera un camino, o un itinerario (en términos geográficos). El libro se lee esperando siempre lo que vendrá después, lo cual necesariamente no tiene que ver con lo anterior. A una descripción extensa de una noche pasada en una taberna, sucede un volumen de poemas inspirados en el Mar del Norte, a continuación un viaje a Italia cuyos personajes: marqueses narigudos, primas donas de teatro venidas a menos, un ayuda de cámara que vende boletos de lotería a espaldas de su jefe, parecen recién salidos de una película de Fellini.

A veces, cuando Heine reincide en criticar y ridiculizar a personajes que hoy no han trascendido, el texto se vuelve denso. Más porque dedica una extensión que quizás él juzgó necesaria en su tiempo, pero que hoy día no hace más que entorpecer la lectura.

Escritor famoso en sus tiempos pero que por su estilo satírico no fue tomado demasiado en serio por sus contemporáneos, Heine es recuperado en el siglo XX como uno de los escritores relevantes de la letras alemanas. Como todos los grandes artistas que también fueron grandes humoristas: Mark Twain, Fats Waller, Honoré Daumier; Heine sufrió lo que muchos: que no se tomaran sus palabras demasiado en serio porque estaban dichas a través de una sonrisa.