sábado, 21 de septiembre de 2013

Palabras y fotografías, Alexander Solschenitzin por Andrés G. Muglia Palabras y fotografías, Alexander Solschenitzin
por Andrés G. Muglia

"Los que sobrevivimos a los campos de concentración no somos verdaderos testigos. Esta es una idea incómoda que gradualmente me he visto obligado a aceptar al leer lo que han escrito otros supervivientes, incluido yo mismo, cuando releo mis escritos al cabo de algunos años. Nosotros, los supervivientes, no somos sólo una minoría pequeña sino también anómala. Formamos parte de aquellos que, gracias a la prevaricación, la habilidad o la suerte, no llegamos a tocar fondo. Quienes lo hicieron y vieron el rostro de la Gorgona, no regresaron, o regresaron sin palabras".
Primo Levi (escritor, Italia). (1)

Alexander Solschenitzin, escritor ruso de apellido imposible que fue premio Novel de literatura en el año 1970. Temeroso de no poder volver a su patria (de que no lo dejaran entrar), Solschenitzin demora hasta el año 1974 para buscar su galardón. Había sido preso político del régimen stalinista durante ocho años. Víctima, pero con voz, y la suerte justa para poder contar en sendos y desgarrados libros los abusos a los que fueron sometidos millones de seres humanos encarcelados y enviados a los campos de concentración del Archipielago Gulag; tal como bautizó lúcidamente a la red de prisiones a la que aplicaba un término topográfico.  

Solzhenitsin crece en medio de la revolución rusa, en 1925 es un niño fotografiado, inocente, con una escopeta de juguete en la mano.


Para 1938 la fotografía lo muestra con la mirada de un estudiante, idealista, esperanzada, puesta en el futuro; ya se insinúa el mentón adelantado y orgulloso.


En 1942 es un soldado, el rostro más delgado, marcado por los pocos años, la mirada firme y el mentón más aún.


En la foto de marzo de 1943 es el teniente Solschenitzin, comandante de la batería de reconocimiento sonoro, su rostro es duro, desafiante, aventurero; un hombre de acción, tal vez un violento.


La fotografía de junio de 1946 nos deja, sencillamente, sin palabras. Ensayemos una explicación.


En 1943, en plena guerra mundial, Solschenitzin participa de la batalla de Kursk, la mayor batalla de tanques de la historia; y que sería el último intento de Hitler por sostener el frente este. En febrero de 1945, en pleno avance del ejército rojo hacia Berlín, Solschenitzin es arrestado en Prusia, por supuesta conspiración contra el régimen. La conspiración consistía en una serie de cartas intercambiadas con un amigo de la infancia, también en el ejército, donde se atrevían a criticar al gobierno. Solschenitzin es condenado a ocho años de trabajos forzados, pena considerada como leve en la Rusia de la época.

La fotografía de junio de 1946 nos muestra a Solschenitzin después de diez y seis meses de estar en cautiverio. La imagen es la de un hombre al que le han quebrado el alma.

En ese período de tiempo, el joven Solschenitzin comprendió que en un instante la vida puede cambiar para siempre. Fue sometido a torturas y vejámenes. Jamás tuvo un juicio en el cabal sentido de la palabra. Se lo trasladó constantemente de un lugar a otro del "archipiélago" sin una explicación ni ninguna garantía. Allí conoció cientos de destinos como el suyo. Compartió con ellos las celdas, algunas en las que se hacinaban de tal modo que tenían que turnarse para dormir o dormir de pie. Viajó en los trenes para presos, hacia la basta Siberia, donde se sacaban de los vagones, en las sucesivas paradas, los cadáveres de los que no soportaban el viaje.

Todo eso retrata una simple foto. La foto de alguien derrotado por la vida. Temeroso. Perdido para el mundo y para sí mismo. Que ha conocido un feroz castigo sin sospecharlo, sin verlo venir, confiado tal vez en el aura que había grajeado como héroe de la batalla de Kursk.

Una fotografía más, en el destierro, en el año 1954. Casi tan elocuente como la anterior, el rostro atravesado de marcas de sufrimiento que ya no se borrarán. La mirada parece estar pidiendo auxilio. No importa que en el 2009 el primer ministro Putin lo recibiera con honores, las fotografías dan testimonio de alguien que bajó al infierno y que volvió para contarlo, pero que dejó parte de sí en ese viaje. Volvió después con imágenes, con sensaciones, con pesadillas recurrentes y miedos irracionales. Cosas que vivirán emboscadas y siempre latentes. Cosas que no podrán borrar los apretones de manos ni las palmadas en la espalda de los políticos.


(1) Citado en Hobsbawn, Eric: "Historia del Siglo XX", Crítica, Grijalbo Mondadori, Buenos Aires, 1999; pág. 11.

jueves, 12 de septiembre de 2013

El placer de escribir y el placer de pintar
por Andrés G. Muglia  / *imágenes del autor


Durante años fui víctima de una vocación compulsiva por dibujar. Una facilidad innata, tal como los que tiene inclinación por las matemáticas o por la costura, me facilitó el camino que casi, ya estaba trazado frente a mi. Desaprovechar la oportunidad de estudiar arte, con mis condiciones (repito, innatas nada por lo que jactarse) hubiese sido poco menos que un pecado. A los siete años escribía con la soltura de un troglodita, desparejas letras que parecían golpeadas por el lápiz antes que trazadas. Pero dibujaba con la pericia de un chico mucho mayor. No sería aventurado decir que para mi era más fácil dibujar que escribir, al menos en el concreto acto físico. Cuando dibujaba no poseía inventiva, ni creatividad, era sencillamente una fotocopiadora humana que copiaba todo lo que se le ponía adelante.
 
 
Cuando ya mayor salí del secundario se hizo natural, facilitado el hecho porque vivía en una ciudad sede de una de las mayores universidades públicas del país, que entrara a estudiar artes plásticas en la Facultad de Bellas Artes. No puede decirse que me haya ido mal. Al contrario, lo bien que me fue prefiguró quizás la engañosa ilusión de que cuando saliera de allí mi inserción en el mundo del arte sería algo sencillo. Lo cual, rotundamente, nunca ocurrió. En la universidad aprendí lo que iba a buscar: un cúmulo de técnicas y prácticas que desconocía. Entré dibujante y salí, tal vez pintor, no se si artista.


En paralelo a eso y desde la infancia fui, quizás por criarme en una casa de lectores en donde no faltaban libros (fui socio de una biblioteca casi antes de aprender a leer), ávido lector. Lo que, paradójicamente, no ayudaba a que mi letra y mi ortografía (que todavía es deplorable) mejorara. Como el que ve jugar al fútbol o cualquier otro deporte y desea automáticamente ponerse los cortos y salir a correr, la lectura provocó el deseo de escribir. Comencé, como empiezan todos, por el primer paso de la literatura (y puede que el último), la poesía. Mis primeros poemas en verso remedaban a los de Becquer, cuyas Rimas me sabía prácticamente de memoria. Cuando descubrí a Apollinaire en una biblioteca, y transcribí a máquina todo Alcoholes (ignoro por qué no lo fotocopié), me convertí en un poeta moderno y tiré por la ventana métrica y rima. Hasta hace pocos años tuve la saludable costumbre de escribir poesía, un modo muy puro de hacer literatura directo desde el sentimiento y sin la mediación de ideas lógicas, personajes, argumentos, escenarios, etc.
Las vueltas de la vida quisieron que unos amigos diseñadores crearan una revista y fue casi natural que me pidieran colaborar como "escritor". Allí, el poeta y apenas cuentista, se convirtió en articulista de arte y diseño. Tocaba la tecla que sabía tocar, la del arte, pero en un lenguaje inesperado, el de la escritura. Sumado a ello, con poco más de veinte años, ver lo que había escrito (¡CREADO!) impreso en una revista, y sobre un papel que no fuese de descarte y con el membrete de la administración pública en el reverso, era una sensación parecida a la de morder la manzana de Eva.

Creo que aquí se bifurcó un camino que con los años fue dividiendo sus ramas, hasta que las alejó tanto que ya no era posible transitarlas al unísono. El escritor comenzó a luchar con el pintor. Quizás tratar de describir (aunque el intento sea probablemente estéril) las diferencias que advierto entre la creación plástica y la literaria, pueda ayudar un poco a comprender la diversidad de estos dos caminos.

Cuando uno dibuja tiene la sensación placentera de estar siguiendo una melodía que dicta la cabeza, con la asistencia tersa y colaboradora de articulaciones y músculos. La línea: ondulada, quebrada, gruesa y expresiva o fina y sugerente, es una amiga que se mueve a nuestra indicación. Existe un placer físico y melodioso en el acto de dibujar. Existe un placer casi intenso en el acto de dibujar rápido. El boceto exige el movimiento decidido del que domina una herramienta. Eso se consigue con algo innato y mucha práctica, algunos pueden confundir esa suma con el talento; a esta altura no se si hacen bien o mal.


Si el dibujo es como la melodía de un ejecutante solista, la pintura es como tener la batuta de un director de orquesta. No sólo tenemos un color (o en realidad la total ausencia de color que es el negro) con qué jugar a los contrastes y las formas, sino que todos los colores del universo nos son presentado para que gocemos de ellos. El cambio es conmocionante y el haber dominado las artes del dibujo no nos convierte por fuerza en un pintor igual de efectivo. Por el contrario dominar la línea puede llegar a traer dificultad con los planos, que es en realidad de lo que se compone una pintura. Podría decirse que el dibujo y la pintura son expresiones o artes complementarios; podría decirse con la misma justicia que son opuestos.

Creo que nunca me convertí en pintor. Siempre fui un dibujante que pintaba. Con todo, con el mucho oficio de dibujante lograba (a juicio mío) resultados (no le pongamos calificativo). Pero en la pintura descubrí que ese placer casi físico que se obtiene al dibujar, crecía en intensidad cuando pintaba.

Como en la música, en el acto de pintar se adquiere un ritmo. En la música está preestablecido y en la pintura surge con la obra. Cuando la pintura es expresiva, como la que yo frecuentaba, ese ritmo puede hacerse intenso y llevar al cuerpo y la mente a un lugar muy diferente al que estaba en el punto de partida. Puede que esto (y soy peyorativo) sea difícil de entender para alguien que gasta ocho horas al día cargando planillas de Excel en una computadora, o que su trabajo sea aplicar una ley escrita hace cien años a un tipo que no le hizo caso o sencillamente la ignoraba, pero el acto de la creación plástica y especialmente el de la pintura, cuando la obra llega a su punto culminante (no necesariamente cuando se concluye) entrega un placer al pintor parecido a una suerte de éxtasis, de agotamiento, de explosión de la percepción (que se intensifica por el continuo y a veces tortuoso acto de componer con formas y colores) adentro del cuerpo.

Pero lo que la pintura da es directamente proporcional a lo que pide. Y este pacto a lo Fausto es difícil de pagar, pues exige algo de lo que a mi no me sobraba: creatividad. Si bien no estaba al principio de la línea, era algo más que una fotocopiadora humana, el acto de la creación plástica me exigía soltar a volar una imaginación que, puede que demasiado atenazada por los conocimientos académicos que había incorporado, o sencillamente (no vamos a andar buscando culpables) porque no estaba allí, me costaba encontrar. Creo que llegué a ser un pintor con estilo pero nunca un artista. El acto de la pintura cobra un peaje, y si uno no tiene con que pagarlo además de placentero se vuelve traumático. Yo creía que eso era ser artista, no se si estaba en lo cierto, pero elegí no seguir en ese tren. Tal vez algún día vuelva a retomarlo.

Paralelo a esto crecía mi vocación como escritor. Como si algo me dijera que tenía que proteger esa faceta de la educación formal, jamás tomé un curso, asistí a un taller literario ni pedí el menor consejo a alguien que pudiera parecerse a un docente en la materia. Esta tozuda y casi obtusa (lo reconozco) permeabilidad a la educación formal, hacen de lo que soy como escritor una pura y exclusiva responsabilidad mía. Soy un autodidacta de una punta a la otra de todas las líneas que he escrito, publicado o sin publicar; eso me da, es honesto confesarlo, una especie de orgullo atolondrado.

Es tanto el contraste entre mi formación en uno y otro campo, que no puedo sino atribuir a eso los resultados que he obtenido en cada uno y mi manera de experimentarlos. Tengo una nebulosa conciencia, casi una intuición, de que mi amor por la escritura surge por el hecho de que, en contraposición con mi expresión plástica, la escrita explota de creatividad. Creo que jamás he tenido el problema del temor a la hoja en blanco. Cuando me siento frente al teclado la palabras surgen y se concatenan como si me estuviesen siendo dictadas desde algún punto donde ya estaban escritas y esperando.


Todo esto puede sonar muy raro y fumado. Pero es exactamente así. Toda la constipación creativa que sufría de pintor, se ha convertido en esta logorrea escrita que me hace anotar a veces frases tan desafortunadas como esta última.

Me dispongo aquí a anotar la particularidad del acto creativo de la escritura tal como yo lo experimento, que se puede contrastar a lo que he comentado sobre la pintura.

A la hora de escribir podemos pensar de antemano un argumento, o una idea, o hasta tener anotado un bosquejo de lo que escribirá; lo cual es incluso recomendable en el caso de afrontar géneros como el de la novela. De cualquier modo, cuando el acto de la escritura se concreta surgen nuevas "ideas" que se irán sumando a lo planeado, agregando a una vez solidez y frescura al conjunto. El comillado en torno a la palabra ideas es a propósito de no encontrar un sustantivo que exprese qué es aquello que ocurre en el acto de la escritura, para que de pronto, casi sin haberlas pensado y mucho menos planeado, surjan frases enteras, perfectamente concebidas y estructuradas que poco o nada tengan que ver con el proyecto inicial. Incluso algunas de estas frases se vuelven base de un texto, un eje que nadie había calculado (ni el propio autor) y que puede dar un volantazo definitivo a una obra y dar al traste con todo el plan inicial.

Yo supongo que de esta experiencia, evidentemente reiterada en todos quienes se dedican a la escritura, deviene aquel mito griego de las musas. Porque no se puede entender bien este fenómeno desde el plano de la pura y dura lógica; no está mal, en un mundo que gobernaban señores que consultaban oráculos y pitonisas, inventar unas bellas doncellas celestes e inefables que dictaran sus canciones al oído del poeta. Mucho más ilógico es pensar que no hay nadie allí, ni siquiera el autor que desconoce donde se conciben tales hijos que él pare. Lo cierto es que de la propia mecánica de la escritura, de ese diálogo rápido que establece el escritor con el texto que surge de él, de ese oscuro y nebuloso lugar que media entre su cabeza y aquello que escribe (que no es todavía texto pero tampoco es ya pensamiento puro); de allí nace, cuando aparece, el verdadero arte (crudo, espontáneo, original y valioso) de la literatura. Así lo concibo y así creo que, aún siendo franco opositor a toda pretensión de verdad absoluta en cualquier terreno, ES.

Y en ese lugar o en esa acción que no se sabe dónde reside y que media entre escritor y escrito, reside el placer de la escritura. Es un placer diferente al que brinda la pintura. Menos físico y sensorial, más cercano a lo mental, pero no por ello menos excitante y satisfactorio. Es un placer de otro signo pero tan intenso como aquel. Tal vez más burgués. Tal vez menos de la materia y más del pensamiento. No lo se bien. Y tan mal lo se que ni siquiera puedo ser peyorativo o prejuicioso al respecto y pensar que el pensamiento está sobre la materia o viceversa. Todo esto que edifico en torno a algo que no se definir, es tan provisional y abstracto que sólo se puede salvar de la crítica (por un pelo) al considerarlo como una apreciación de índole MUY personal. 


Lo cierto es que en ese terreno que yo imagino salvaje, baldío pero no estéril sino por el contrario, pletórico de frutos jugosos, ese al que entró sólo la educación que yo mismo supe procurarle, de ahí surge lo que escribo. No se si el resultado es bueno o malo. A veces lo sospecho original, otras ni siquiera eso. A veces considero que la originalidad no es una virtud per se. Lo único que se. Lo concreto. Lo seguro. Es que cuando me siento frente a un teclado una fiesta comienza. Y estoy invitado yo solo. Yo y nadie más. Y está bien así.

lunes, 2 de septiembre de 2013

MILES DAVIS, LA AUTOBIOGRAFIA, Miles Davis y Quincy Troupe
MILES DAVIS, LA AUTOBIOGRAFIA
Quincy Troupe - Miles Davis
Ediciones B S.A., Barcelona, 1995.

 

Tiro al blanco

Compré este libro en la calle Corrientes, ignoro en cuál de todas sus librerías. Recuerdo que era una oferta y que era uno más de los que llenaban mi bolso destinado a una excursión de caza literaria. Oferta, edición baratísima y precio acomodado. Típica edición de bolsillo (que odio), con el tiempo el papel de pésima calidad tiene el color y el olor del diario viejo.

El autor

Quincy Troupe es un periodista, editor y poeta estadounidense nacido en 1943. Es profesor emérito de literatura en la Universidad de California y editor fundador de las publicacionesCode Magaziney Confrontation. Por su trabajo en la biografía de Miles Davis fue premiado con el American Book Award, lo que lo convirtió en una celebridad en el mundo académico y literario.

El libro

Qué se puede decir de Miles Davis. Que fue uno de los dos mejores trompetistas de la historia del Jazz, junto con Louis Armstrong. Algunos hacen una tríada y ponen a Gillespie junto a ellos, pero yo no; Gillespie no tiene la agudeza de Armstrong ni el vuelo poético de Davis.

Hay un detalle que no es menor y pinta a Davis de cuerpo entero. La mención del autor que escribió sus memorias. Regularmente vemos aparecer autobiografías impecablemente escritas por artistas, deportistas, políticos y toda serie de personajes notables por una u otra razón (hasta por el delito) que, sin poder hilar con fluidez una palabra detrás de la otra en el lenguaje hablado, en el escrito se nos revelan como auténticos tigres. Desde luego existe un triste personaje, cuyo único móvil es el dinero (y no es que lo esté juzgando porque puede que con eso pague el alimento de su familia, el alquiler o lo reviente en juego y trolas) que pondrá en palabras escritas lo que ese personaje de turno quiera expresar. No es otro que el escritor fantasma. Muchos escritores han publicado su primer libro (firmado con su nombre), luego de haber escrito muchos otros a nombre de conocidos personajes.

Davis sin embargo prefiere revelar a su escritor fantasma, y le brinda entidad sentándolo a su lado. Aplausos para él. Sin embargo descubriremos a lo largo de su historia y, si conocemos algo de su música, que esta ha sido una característica de Davis en toda su carrera. Esto es: dar lugar a los talentosos para que se luzcan. De los quintetos y sextetos de Davis han surgido muchos de los mejores solistas del Jazz, verbigracia John Coltrane. Davis comprendía que no sólo se tenía que rodear de los mejores, sino además darles el espacio para que se lucieran. Naturalmente que esto redundaba en su beneficio y contribuía a aumentar su propio brillo. Sin embargo en un mundo salvajemente competitivo como el que tuvo que crecer Davis, esto no era una conducta regular. Si Charlie Parker fue generoso con Davis, King Oliver no lo fue tanto con Armstrong. Davis entendía el Jazz como un juego de equipo, y para jugar en equipo hay que ser generoso.

Paradójicamente, lo que menos hace Troupe en la biografía de Davis es lucirse como escritor. Apenas como un periodista que trascribe el espontáneo monólogo de alguien con el tiempo y la voluntad de contar una larga, compleja y fascinante historia; Troupe parece anotar el discurso de Davis tal como sale de entre sus labios callosos. Esto hace del libro todo menos un ejercicio de estilo. Al leer la autobiografía de Davis se tiene todo el tiempo la sensación de encontrase frente a frente con él, quien sentado en su sala de estar (bata de seda, gafas enormes y oscuras, pelo con permanente y whisky en mano) relata con paciencia y el lenguaje de los hombres que han crecido en la calle, todos los pormenores de su vida. Expresiones como "ese hijoputa tocaba hasta perder el culo", o narraciones detalladas de como Charlie Parker tenía sexo oral con una dama adentro de un taxi, mientras comía pollo frito y hablaba con Davis que viajaba junto a él, son usuales dentro de texto. Resultado de lo cual este transmite una sensación de cruda veracidad, de crónica todavía palpitante de una época y un escenario contado por su mejor protagonista.

La historia de Davis es también la historia de una epopeya. La que los afro americanos llevaron a cabo dentro de EE.UU. para que este país, que se ha llamado a sí mismo el "país de la libertad", lo fuera de hecho en cuanto a su relación siempre ambigua con su población de color. Pero para que eso fuera posible, para que Miles Davis tuviera la fuerza y el orgullo que lo hizo ver a muchos como un fanfarrón antipático, Davis tenía que nacer en un lugar diferente al de Armstrong y otros músicos negros; cuya actitud: bufonesca, genuflexa con el amo blanco, remedo de la personalidad del estereotipo del "tío Tom", Davis deploraba.

A pesar de nacer en St. Louis, ciudad en pleno corazón del Mississippi, Davis no era un niño pobre, sino el hijo de un profesional (su padre era dentista) apreciado en su comunidad. Esa posición de salida le dio tal vez las herramientas para comprender que él, en esa sociedad que no era otra cosa que un apartheid con algunos años de atraso, no era menos que ningún hombre blanco. EE.UU. tuvo que esperar hasta los años ´80 del siglo XX para ver aparecer en las pantallas de TV a una familia negra de clase media, con padres profesionales, un buen pasar económico y que educaba a sus niños al modo burgués. Eso fue El Show de Bill Cosby, un ex standapero que comprendió que nadie había mostrado en TV que además de los delincuentes, proxenetas vistosos y prostitutas negros de Strasky y Huch, existía una tranquila clase media afro americana. Pero existía y Miles Davis, cincuenta años antes, pertenecía a ella.

Estableciendo una comparación no del todo arbitraria con la biografía de Armstrong (hay una muy buena de James Lincoln Collier de la que daremos una reseña más adelante), se ve claramente que Davis no es un artista que tuvo que hacerse un camino en el arte a su vez que en la sociedad. No surgió de los barrios más pobres como Armstrong y, como muchos otros artistas, (se me ocurre ahora Gardel) no vivió el inicio de su carrera en una forzada y ambigua vinculación con el bajo fondo y la delincuencia, que lo llevara en algún momento a ocultar sus orígenes. Davis recibió clases de trompeta y si en su edad adulta no continuó con sus estudios en Juilliard (una de las academias de música más prestigiosas de Nueva York) fue porque sentía que lo que buscaba en cuanto a estilo musical no estaba allí, sino en ese otro hervidero de creatividad: el de los garitos, los cabarets y en suma, la noche y la bohemia que se vincula desde hace siglos con la expresión artística.

Y hacia allí fue Davis de la mano de uno de los grandes genios de la historia del Jazz, Charlie Parker. No se puede decir que Parker haya mostrado a Davis un mundo que este desconociera. Davis era un tipo curtido, que llevaba sobre sí la insólita carga (en esa época) de ser un afro americano de color oscuro (lo de tez clara era mejor tolerados por los bancos), que a pesar de ser de contextura pequeña practicaba el boxeo y no desconocía la violencia de ser orgulloso. Sin embargo el mundo de Parker, y el del jazz en general, era también el mundo de la heroína. Parker pagó el boleto de su genial viaje por la música y las drogas con su vida. Davis, quizás advertido por el destino trágico de esta luz que se extinguió en un estallido, se "rescató" a sí mismo y se dirigió a su St. Louis natal, a casa de su padre, para desengancharse de la heroína.

Cuenta que lo hizo solo, encerrado en un galpón de la parte trasera de la casa de su infancia, indicando a su padre que no abriese la puerta aunque escuchara gritos de auxilio o pedidos desesperados de droga. Si vamos a dar crédito a esta narración con visos de heroísmo que hace Davis, al cabo de una semana y de superar el horrible "mono" de la abstinencia, Davis salió no tan fresco como una lechuga y quizás más arrugado, pero liberado para siempre de la heroína. Sin embargo, a lo largo de la narración hay referencias al uso continuado de otras drogas que para Davis no son consideradas duras, como la cocaína y varios alcaloides que siguió consumiendo después de su alejamiento de la heroína.

Además de la narración de sus vivencias, para el melómano los puntos más interesantes de esta biografía son las abundantes referencias de Davis sobre sus grabaciones, las circunstancias en las que fueron hechas, quienes eran los músicos que lo acompañaban, etc. El libro se convierte así en un extenso y fundamental comentario de los abundantes registros sonoros de Davis y en una suerte de mapa de su evolución a través de los diversos estilos que transitó (o que inventó).

Conclusiones

Un libro de referencia para cualquier admirador de Miles Davis, y uno interesante para quien nunca en su vida haya escuchado nada de este músico fundamental; sencillamente porque narra vívidamente una época de intensa actividad social y cultural en los EE.UU. Mientras Mohamed Ali renegaba de su nombre de esclavo y vociferaba frente a las cámaras, mientras Martin Luther King paraba con la garganta un balazo en un balcón del Motel Lorraine de Memphis, Miles Davis hacía lo suyo para convertirse en uno de los músicos (del color que fueran) más influyentes del siglo XX. Para resumir mi sentimiento hacia este libro diré que fue el que elegí para llevar a mi luna de miel. Habría que considerar qué clase de persona se lleva un libro a su luna de miel; pero esas son preguntas que mejor no formularse.