jueves, 11 de septiembre de 2014

GENTE SIN TIEMPO
por Andrés G. Muglia


Uno no puede escapar a caer, de vez en cuando, en lugares comunes. Aunque se quiera ser todo el tiempo original, aunque reneguemos de las repeticiones y las copias, aunque vociferemos nuestra condición de libres pensadores.

En ese sentido, cuando pienso en la imagen de alguien que lee imagino a un tipo cuarentón, sentado en un sillón de orejas color verde, con una luz puntual enfocada en su libro (puede ser una lámpara de pie o un velador sobre una mesita). A su alrededor hay una biblioteca de esas de piso a techo, mucha madera barnizada y por ahí también algún whiscacho en la mesita y una pipa.

Cuando me viene esa imagen a la mente pienso que yo, que si puedo reivindicarme de algo, humildemente, puedo hacerlo de lector (lector diletante pero lector al fin), jamás he leído un libro en esas condiciones. Lo he hecho en la cama, en el baño, en la cola del banco, en el colectivo y en el tren, en una pizzería, de parado en una librería, sentado en el suelo, en un altillo lejano en Bahía Blanca; pero nunca de ese modo. Como sea, esa imagen que tengo metida en la cabeza, quién sabe a través de qué nefastos mecanismos, es la de un lector reposado, que paladea la literatura en un ámbito ideal para el disfrute, un burgués que sabe apreciar la cultura y que está leyendo seguramente algún artículo de la Enciclopedia Británica.

Charles Bukowsky decía (escribía) acerca del acto creativo:

"vas a crear trabajando
16 horas por día en una mina de carbón
o
vas a crear en una piecita con 3 chicos
mientras estas
desocupado,
vas a crear aunque te falte parte de tu mente y de
tu cuerpo,
vas a crear ciego
mutilado
loco,
vas a crear con un gato trepando por tu
espalda mientras
la ciudad entera tiembla en terremotos, bombardeos,
inundaciones y fuego".

Yo creo que tranquilamente podría tomarse este poema con aquellas mismas tijeras con que Tzara creaba los suyos recortando frases de revistas y libros (¡vamos si nosotros también lo hicimos por consejo de él!) (por supuesto no resultó igual); tomar esas mismas tijeras decía y sustituir la frase "vas a crear" por "vas a leer", y la cosa funcionaría igual de bien.

No hace falta que el contexto nos apoye para zambullirnos en la lectura. Por el contrario considero que los contextos más atroces (la silla dura al lado de una cama de hospital, la celda de una cárcel) son el mejor lugar para conectarse con algo impreso. Si uno quiere leer va a leer. Si no tiene tiempo lo va a buscar (se lo quitará al sueño, al amor, a la familia) si no tiene lugar lo va a buscar (escondido en el baño del laburo, con una linterna adentro del auto en el estacionamiento del supermercado). Leer es mucho más que mirar televisión o ir al cine, es un compromiso con uno mismo, con algo que sabemos superior a cualquier entretenimiento, a pesar de que también y paradójicamente es el mejor entretenimiento.

¿Entonces a qué viene esta profusión de sitios de Internet, revistas digitales, concursos y certámenes de "microrrelatos"? ¿Qué es un microrrelato? ¿Un cuento muy corto digamos? ¿Algo como esas maravillas de un párrafo o dos incluidas en Historia de Cronopios y de Famas? ¿La condensación de una genialidad concentrada hasta sus últimas consecuencias? ¿Una especie de haiku de la prosa? Y ya que vamos de preguntones. ¿Qué por Dios es un haiku? ¿Un poemita? ¿Un poemi? ¿Un poe? ¿Un p?

A veces me parece que esta proliferación del microrrelato está generada por esta vida ¿moderna? ¿posmoderna? ¿post-posmoderna? que nos hemos construido. Sí, todos la construimos, porque nadie vende algo sin uno que lo compre. Que el microrrelato no es más que la consecuencia de la vorágine del que no tiene tiempo de leer, y en lugar de un capítulo o dos de una novela, consume a los apurones un par de microrrelatos en el teléfono mientras viaja en subte.

Vamos a decirlo de una vez por todas: si no tiene tiempo de leer, hágaselo. Si no se lo puede hacer, entonces usted no quería leer.

Siempre ando medio perdido de la novedad pero no he visto ningún libro de microrrelatos vendiéndose en una librería. ¿El papel impreso atrasa tanto o es que este nuevo género que llena blogs y revistas virtuales no es más que el esfuerzo de quienes como "no tienen tiempo de leer" tampoco tienen "tiempo de escribir"?

Lo mismo para los cuentos y los concursos de cuentos. Busque usted un concurso que permita más de cinco páginas a doble espacio (lo que le da un cuento corto corto corto) y se llevará la palma de Cannes. Yo por mi parte tengo que echar mano a la misma tijera de Tzara para colar alguno de los míos en un certamen porque tengo la maldita costumbre de ser de tiro largo para escribir. Y algunos de treinta o más paginitas seguirán durmiendo en sus carpetas sin que les den siquiera oportunidad de, como Manet, jactarse de rechazados. ¿Los jurados no tendrán ganas de leer tanto?

En fin, ahora la literatura, además de fácil de leer (¿no se enteró? revise los consejos para escritores que pululan en la Web) tiene que ser breve. Por suerte a Kafka, Joyce, Faulkner, Mann, Marechal, Sábato y otras decenas de escritores de tiro largo o prosa compleja no se les ocurrió nacer en el siglo XXI, porque no hubiesen publicado ni jota.

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